23 ene. 2010

VICISITUDES EN LA SOCIEDAD DE FOMENTO I / ¿CÓMO ANDAMIO?

I


-¿Cómo andamio?- saludé a todos al entrar a la sociedad de fomento del barrio.
Las mesas del barcito estaban todas ocupadas con los viejos de siempre. El televisor que colgaba de un sostén amurado a la pared estaba sintonizado en un noticiero, pero sin volumen. En todas las mesas se jugaba a algo: truco, tute cabrero, escoba, ajedrez, damas. El viejo Ezequiel se entretenía con un solitario.
En el mostrador se acodaba Nahuel y Melquiades. Melquiades era el que tenía la concesión del bar y Nahuel servía de mozo.
-Hola, Melqui. ¿Puede ser un cafecito?- le dije, acercándome y acodándome con ellos.
-Claro- respondió Melquiades.
-¡Saturnino!- me llamarón de una de las mesas- ¡Vení que hacemos un truquito de seis, así no lo dejamos afuera a Ezequiel!
-Voy yendo, perame un cacho.
Por el ventanal enrejado se veía la canchita que servía tanto para futbol, básquet, patinaje y vóley. En este momento se veía a la señorita Carolina dando las clases de patinaje. Las pendejas iban de aquí para allá estrolándose contra el piso y las paredes. Estas eran las novatas. Las del primer turno si que la sabían lunga, esas patinaban lindo. La Carolina era hija del Tito, que en paz descanse. Taba linda la Carolina.
-¿Qué hay para comer hoy?- le pregunté a Nahuel.
-Pastel de papas.
-Reservame una porción.
Nahuel sacó una libretita del bolsillo de su saco y anotó.
-¡Dale, Saturnino!- me apuraron desde la mesa.
-¡No rompas las pelotas, che! ¿No me ves que estoy tomando el cafecito? Vayan tirando las cartas para armar los equipos.
-Ya las tiramos. Vos jugas con José y Ernesto- dijo Raúl.
Raúl llevaba una boina encasquetada hasta las orejas para que no lo cargaran con la pelada.
-¿Jugamos por el vermucito?- dije, sentándome.
-Hecho- dijeron los demás.
-Melqui, preparate un vermucito completito, completito. Y se lo cobras al equipo perdedor.
-Va saliendo- dijo Melquiades.
Juancito repartió las cartas.
-El Orlando quiere alquilar el lugar para el cumpleaños de quince de la nena- comentó Carlitos, que se acercó a mirar el partido.
-¿Para cuando?- quiso saber Ernesto.
-Para este sábado.
-¿Qué dice Melquiades?- pregunté yo.
-El no tiene problema.
-¿Cuánto le dijiste?- inquirió José.
-Luca ocho.
-¿Luca ocho? ¿No es mucho? Mirá que Orlando siempre ayudó en el club.
-A Genaro le cobramo do luca siete y no dijiste nada- le recordé yo.
-Pero Orlando puso la pintura para todo el club.
-¡Y si tiene pinturería! Aparte, trajo los colores que se le cantaron los huevos. ¡De violeta pintamos los baños!
En eso entró Doña Tita. Lloraba.
-¿Qué pasó, Tita?- la abarajó el Christian levantándose de la mesa cerca de la puerta.
-¡Ay, Dios mío!- clamó la Tita dejándose caer en los brazos del Christian-. ¡El Pepe, el Pepe!
El Pepe era su marido.
Se me vino a la memoria cuantas veces pasó esto mismo (que entraran mujeres clamando por Dios y luego nombraran al marido) y lo que seguía a continuación después de eso: ¡Se murió!
Y no era nada raro, después de todo. Una mirada rápida al barcito dejaba ver que todos éramos número puesto para el jonca. Por eso, cuando Doña Tita siguió hablando, fue realmente una sorpresa lo que salió de su boca.


II


-¡Me dejó! ¡Se fue de casa!- dijo llorando, pero sin largarlo al Christian. Se le había prendido como una garrapata.
Todos nos miramos con cara de asombro y en medio de un silencio pesado. Doña Tita había hundido su cara en el pecho del Christian que miraba para todos lados buscando ayuda.
Y de pronto saltó Sergio, levantándose de su mesa con la copita de grapa en la mano, y dijo:
-Un brindis por el Pepe, que tuvo los huevos para dejar a la bruja.
Y ahí nos levantamos todos y brindamos.


III


Creo que no es necesario decir que la Tita nos recontra puteo a todos y se volvió para la casa.
En el barcito comenzaron las murmuraciones.
-¡Miralo vos al Pepe! ¡Grande el Pepe!
-¿Y si le hacemos un busto y lo ponemos al lado del arco en la canchita?
-¡Mirá que se la bancó años a la Tita, eh!
-¡Cuando se entere el pibe!
-¿Y adonde habrá ido el Pepe?
-¿Tendrá otra mina?
-¿Otra mina? ¡Grande el Pepe! ¡Ídolo de multitudes!
Y lo que son las casualidades, justo en ese momento entró el Pepe.
Se lo veía como siempre: encorvado, caminando a pasitos cortos y con esos anteojos culo de botella que le agrandaban los ojos como el dos de oro.
-Hola, muchachos- saludó levantando apenitas el bastón del suelo.
Se sentó junto a Walter y Migue.
-¿Puede ser una cervecita con ingredientes, Nahuelito?- preguntó.
Varios nos levantamos y nos acercamos a la mesa.
-¿Qué haces, Pepe?- le preguntó Ernesto.
-Bien- dijo Pepe-. ¿Hacemos un truquito?
-Recién vino tu jermu, la Tita- le comentó Christian.
-¿La Tita estuvo por acá? ¿Y qué quería?
-Dijo que la abandonaste, que te fuiste de la casa- le explicó Melquiades, que también se había acercado.
El Pepe bajó la cabeza, abochornado.
-Si, es verdad- dijo-. Me cansé, junté mis petates y me fui.
-¿Pero qué pasó?- preguntó uno, no llegué a ver quien era.
-¿Hay otra mina?- dijo otro.
-¿Qué mierda es un “petates”?- preguntó Raúl.
-Paren, che- traté de calmarlos a todos-. No lo atosiguen al Pepe. Déjenlo respirar.
-Si, hay otra mujer- dijo el Pepe.
Hubo un “¡Ooohhhhh!” generalizado en el ambiente.
-¡Grande el Pepe!- dijo Carlitos, zamarreándolo de un hombro al Pepe.
-¡Para, boludo!- le dijo Melquiades a Carlitos-. ¡Lo vas a desnucar!
-¿Quién es?- preguntaron varios a la vez.
-¡Hola, amorcito!- dijo alguien detrás nuestro.
Todos los cuellos giraron al unísono.
Ahí, rodeada por las nenas de patín, estaba Carolina, que se acercó y le plantó terrible beso en la trucha al Pepe.
-¿Viniste a buscarme, mi cielito?- dijo Carolina mientras se separaba de él dejando un hilillo de saliva pendiendo entre sus bocas.
-Venía a jugar un truquito con los muchachos- le explicó Pepe.
-Vamos a casa que yo también tengo truquitos que enseñarte- dijo Carolina manoteándole el ganso al Pepe de una.
-Bueno- dijo Pepe, poniéndose de pie con sacrificio-. Muchachos, vengo dentro de un rato y hacemos una partidita, ¿si?
-Andá tranquilo- le dijo Ernesto.
-Hacé lo tuyo- dijo otro.
-Si necesitas ayuda, llamame- dijo Carlitos.


IV


Los vimos marcharse, el Pepe con la mano en el culo de Carolina.
-No te puedo- dije yo.
-Si el Tito viera esto, se muere de nuevo- sentenció Melquiades.
De a poco volvimos a nuestras respectivas mesas.
Ahora la canchita estaba llena de pendejos jugando al básquet. Entre los botes de la pelota y los gritos, hacían un ruido atroz.
-Que cosa, ¿no?- dijo Ernesto por decir algo.
-De no creer- opinó Ezequiel.
-Si uno pudiera…- fantaseó Raúl.
-Créelo porque es verdad- dije yo-. ¿Vos viste la mano en el orto que le puso el Pepe?
-Terrible- se descontroló José.
Ernesto se mordió los labios.
-¿Eso fue una seña?- pregunté yo.
-No, es desesperación- dijo Ernesto-. Explicame como hago ahora para sacarme esa imagen de la cabeza.
Nahuel llegó con el vermucito. Llené los vasos de todos y pinché una aceitunita.
-¿Voy allá?- me preguntó José.
-No, pone algo.
José tiró un cuatro de copas.
-Menos mal que te dije que pongas algo- le recriminé.
Orlando entró al barcito estirando el cogote para todos lados hasta que nos vió y se acercó a nuestra mesa.
-Hola, muchachos.
-¿Cómo te va, Orlandito?- lo saludé.
-Bien, bien. ¿Les dijo Carlitos que tengo pensado hacer el cumpleaños de la nena acá?
-Algo nos comentó- dijo Raúl.
-Quince años me cumple la nena.
-Te felicito- dijo Ernesto.
-Gracias. De más está decirles que están invitados.
-Muy amable, Orlandito- le agradecí.
-¡Dejá de decirme “Orlandito”, la puta que te parió!
-Ta’ bien, Orlandito.
Todos rieron.
-Lo que si, me parece que se zarpó un poco el Carlitos con el precio- comentó Orlando.
-¿Cuánto te pasó?- se hizo el boludo Ernesto.
-Luca ocho- respondió Orlando con cara de compungido.
-E’ barato- dictaminó José.
-Un regalo, me parece a mí- dijo Raúl.
-Te hizo precio, Orlandito- la empalmé yo.
-Si no te gusta, alquílate un salón- fue categórico Ernesto.
-Pero ustedes saben que yo siempre colaboro con la sociedad- dijo Orlando trayendo una silla desocupada y sentándose con nosotros.
-Como todos, Orlandito- le dije yo.
-Les di litros de pintura para poner lindo el lugar.
-¿Nos lo estás echando en cara, Orlando?- inquirió Raúl.
-¡No, no, no!- reculó Orlando-. Solamente decía.
-Se me ocurre que podríamos buscar una solución a este entuerto- dije yo, tomando un sorbito del vermú.
-¿A ver?- dijo Ernesto.
-Si al Orlandito y a la comisión directiva, o sea nosotros seis, les parece bien, propongo un trueque.
-¡Si, si, si!- dijo el Orlando-. ¡Les doy toda la pintura que necesiten!
-No es por pintura la cosa- le expliqué.
-¿Ah, no?- se sorprendió Ernesto.
-No- les dije a todos-. Tengo en mente otra cuestión: la canchita de bochas.
-¡Uh, si! ¡La canchita de bochas!- se le iluminaron los ojos a Ernesto.
-¡El viejo sueño jamás cumplido!- lloriqueó Raúl pasándose el antebrazo por los ojos.
-¿Estamos de acuerdo, entonces?- pregunté.
-¡Si!- dijeron todos.
-¡Momentito!- habló Orlando-. ¿Tamo todos locos o que? Una cancha de bochas sale mucho más que luca ocho.
-Tiene razón el Orlando- se encogió de hombros José.
-Bueno, pero a la canchita la podes pagar en cómodas cuotas- le dije-. Pero está bien, Orlandito, como vos quieras. Ya sabés como es el tema: mitad ahora y mitad antes que empiece la joda. Andá con Melquiades que te hace el recibo.
-No, perá, cúchame…
-¿Qué pasa, Orlandito?
-¿Cómo se paga la canchita?
-Hasta en veinticuatro cuotas sin intereses.
-Ta’ bien, llamalos- dijo Orlando parándose de la silla-. Pero eso si: el partido inaugural lo empiezo yo.
-No hay problema, Orlandito. No hay problema.


V


Nos quedamos jugando al truco hasta el mediodía, que fue cuando Nahuel empezó a servir el pastel de papas.
-El vermucito cobráselo a estos giles- dijo Raúl, cagándose de risa mientras se levantaba para irse a la casa.
-Andate a la puta que te parió- le murmuré con la boca llena.
-A la tarde le damos la revancha si quieren- dijo Ezequiel.
-Dale- contestó Ernesto que también se quedaba a comer en el barcito.
Ernesto era viudo, como yo. Irnos a nuestras casas a comer solos no nos agradaba a ninguno de los dos. Por eso nuestra vida era la sociedad de fomento. Llegábamos temprano para desayunar y luego salir a hacer nuestras cosas: cobrar la jubilación, hacer las compras en el mercado, pagar los impuestos. Luego volvíamos al barcito y no salíamos más. Almorzábamos, jugábamos a alguna cosita. Tipo ocho cenábamos y volvíamos a nuestras respectivas casas.
-Quedé anonadado con lo de Pepe, che- me dijo Ernesto mientras empujaba el resto del pastel de papas que le quedaba en el plato con un pedazo de pan para subirlo al tenedor.
-Una cosa de locos. Te juro que si me lo cuentan, no se lo creo a nadie.
-Nahuelito- dijo Ernesto levantando la mano-, ¿puede ser otra porcioncita? Ta’ mortal el pastelito.
Nahuel se llevó el plato y fue a la cocina.
-¿Queres que te sea sincero, Saturnino? La extraño a la Mecha.
-Yo también.
-¿Cómo que vos también? ¿Qué tenes que ver vos con la Mecha?
-No, boludo- le dije-. Digo que yo la extraño a Fabiana.
-Pero yo no dije que la extrañaba a la Fabiana. Dije que la extrañaba a la Mecha y vos dijiste “yo también”.
-Es el concepto, Ernesto. Los dos somos viudos. Vos me decís “extraño a la Mecha”, que es tu señora, y yo la empalmo con un “yo también”, pero con respecto a la Fabiana. ¿Entendes o no entendes?
-No entiendo un choto. ¿Vos te la movías a la Mecha?
-¡Pero la puta madre! ¡No, Ernesto, no me la movía a tu jermu!
-Que suerte. Yo me la tenía que mover y era un asco eso.
-¿Vos me estás jodiendo?
-Y si, boludón. ¡Si hubieras visto la cara que pusiste!
Nahuel volvió con una porción enorme en el plato.
-Porción con yapa- le dijo Nahuel a Ernesto-. ¿Le traigo otro platito, Saturnino?
-Si, por favor- le alcancé el plato yo.
-¿Qué tenes que hacer esta noche?- me preguntó Ernesto.
-Nada.
-¿Vamos al cine? Conseguí entradas gratis.
-¿Y conmigo vas a ir, paspado? ¡Andá con Gabrielita!
-¿Con Gabrielita?
-¡Si! ¡Animate, zoquete! ¡La Gabrielita siempre te tuvo ganas!
-Es que me da no se que. Parece como que la engañara a la Mecha.
-¡La Mecha ta’ mas muerta que mi chota! ¿O vos te pensas que la Mecha, si el que se moría era vos, iba a llevar una vida célibe? ¡Mierda! ¡Al mes ya estaría volteándose muñecos!
-¿Te parece?
-¿Queres apostar algo? Le preguntamos acá a Nahuelito. Nahuelito, ¿usted que opina de todo esto?
Nahuel, que había escuchado toda la conversación parado al lado de Ernesto con el plato rebozando de pastel de papas, cambió el peso del cuerpo de una pierna a la otra y dijo:
-¿Les traigo otra botellita de vino?

18 comentarios:

  1. Pero Adrián, por qué no me avisó con tiempo me prendía en el truquito!!!! ya sé donde ir pa cuando me jubile, aunque esa lengua viperina que tienen hummm! jajaja me encantó don, como siempre ud. me hace matar de risa, le mando besos

    ResponderEliminar
  2. La escritura costumbrista es lo suyo, Don Adrián. Acabo de leer una novela llamada "Siete maneras de matar a un gato", de Matías Néspolo, que está bastante bien, pero lo suyo tiene más profundidad, detrás de lo gracioso. Siga por ese camino.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Bueno, comunicolés a todos que Don Adrián se las tomó. Se tomó las vacaciones, digo. Hasta el 20 de febrero me dijooo!! oh my god! es mucho tiempo! Me estaría cargando?
    Bueno, eso es lo que me dijo en el escueto mail que me envió.
    "Me voy, hacete cargo"
    Bueno, al final no comenté el relato ¡¡¡buenísimoooooooo Adriaaaaaaaaaaannn!!! (le grito porque está lejos)

    ResponderEliminar
  4. adrián, maestro de los diálogos... terrenales y como dice enrique, con una profundidad que casi desconoce...
    conque se fue? y ni chau? un mes entero? bue, lo esperaremos...
    salutes!!!

    ResponderEliminar
  5. Para don Adrian cuando vuelva: Muy bueno. Ya se está viendo que va a ser dentro de unos años??? Deje la sociedad de fomento y siga escribiendo. Eso si, entre cuento y cuento juégese por mi un partidita de truco y un partido de bochas.

    ResponderEliminar
  6. Sorprendido Adrian. Me divertí como hacia rato no pasaba. Deliciosos los dialogos. No le falta nada y de verdad que me saco el sombrero amigo...Me encantó!!

    ResponderEliminar
  7. ¡He vuelto de la playita! Hola a todos, ¿todo lindo?
    Primero, una aclaración: este relato es sólo una parte de un relato mucho más largo. Es uno de mis delirios en los que salto de un tema al otro sin aviso previo.
    Subirlo completo era una cosa de locos, y ponerle "continuará" no daba por que en realidad no llevan un hilo conductor (salvo en que siempre son los mismos personajes).
    Viendo la buena acogida (cuando no) que tuvo el primer posteo, el día diez de febrero subiré otro. Si veo que sigue gustando continuaré posteando los restantes. Creo que en total daría para unos seis o siete post( ya dije que era largo), pero todo queda en sus manos.
    Ahora sí, a contestar comentarios.

    ResponderEliminar
  8. Anhir21: ¿Juega al truco, usted? A ver, hágame la seña del dos. ¿Y la de un anchito falso? Listo, usted juega conmigo.

    ResponderEliminar
  9. Enrique: Yo soy más profundo que un pozo, mire lo que le digo.

    ResponderEliminar
  10. Lils: Me iba a quedar hasta el veinte, pero la guita me alcanzó hasta el día siguiente que llegamos...

    ResponderEliminar
  11. Cla9: Lo de "maestro" me parece mucho. Mejor quedamos en "profesor", ¿no le parece?

    ResponderEliminar
  12. Piper: ¿Usted vio lo bien que lo pasan los viejitos en la sociedad de fomento? ¡Yo quiero eso, viejo! Truco, vermucito, bochas y lo más importante...¡nada de mujeres!

    ResponderEliminar
  13. Walter: ¿Todavía usa sombrero, Walter? Se me quedó en el tiempo, mi amigo...

    ResponderEliminar
  14. ¿Usté se bañó en la yapla? Porque parece un pozo, pero un pozo séptico, maestro.

    ResponderEliminar
  15. Y debo ser el pozo del inodoro de su cuento, que se yo. Acá se mezcla todo...

    ResponderEliminar
  16. Ya descubrí quiénes se afanan el papel.

    ResponderEliminar
  17. Que calidad para sacarle jugo a situaciones como una tarde en una sociedad de fomento. Los diálogos brillantes, el concepto de Enrique es exacto…. Pero ¿como es eso de que las mujeres a la sociedad de fomento no? …… fea la actitud ¡eh!

    Vos deberías ser guionista. Beso grande.

    ResponderEliminar
  18. Connie: Estos lugares dan para mucho.
    Me da gusto que le guste.
    Esto todavía sigue, no se lo pierda.
    Besos.

    ResponderEliminar