18 mar. 2010

VICISITUDES EN LA SOCIEDAD DE FOMENTO IV / RENÉ

I

En una de las reuniones que tuvimos, José tiró una idea para poder recaudar unos manguitos más.
-Conozco a alguien que me pidió que hablara con ustedes sobre el tema- nos dijo-. Él anda buscando algo chiquito como esto para arrancar.
-¿Qué hace tu amigo?- le preguntó Ernesto.
-No es mi amigo- recalcó José-. Es un conocido.
-Bueno. ¿Y de donde lo conoces?- dije yo.
-De la milonga.
-¿Qué milonga?
-Una que está por el centro. Un cuchutril donde se junta la gente para bailarse unos tanguitos. Ta’ lindo el lugar. Es con orquesta en vivo.
-¿Y qué quiere el muchacho este?- dijo Raúl.
-No es un muchacho.
-¡No me digas que es una mina!- saltó Ernesto.
-¡No!- dijo José-. Quiero decir que no es una persona joven. Debe tener nuestra edad- dudó unos segundos-. Y un poco más, también…
-¿Pero qué es lo que quiere hacer el hombre este, José?- fue al punto Raúl.
-Dar clases de tango- sonrió Josecito.
Nos miramos entre todos, asintiendo con las cabezas. No era mala la idea.
-Melquiades, mandanos una ronda de café, por favor- pidió Juan.
-Salen- respondió Melquiades.
-Me gusta lo de las clases de tango- dije yo-. Creo que puede andar.
-Hacemos unos afichitos para poner por el barrio y sale con fritas- opinó Ernesto.
Nahuel vino con la bandeja y repartió los cafés.
-¿Qué opinas vos, Nahuelito?- dijo Raúl.
-¿Sobre qué?
-Acá el amigo- dijo Raúl palmeándolo a José- va a traer a un veterano para que de clases de tango.
Nahuel se quedó pensativo. Yo golpeaba el sobre de azúcar contra la mesa y lo observaba.
-Me gusta el tango- dijo al fin Nahuel.
Nos quedamos esperando que dijera algo más, pero Nahuelito encaró para la barra y se acodó allí.

II

-Y decime, Josecito- preguntó el viejo Ezequiel-, ¿este conocido tuyo es de confianza? Porque tampoco es cuestión de meter a cualquiera acá, ¿no es cierto, muchachos?
Tuvimos que darle la razón a Ezequiel.
-¿Sabés que podemos hacer, José?- dijo Ernesto-. Traelo, así lo conocemos y charlamos un poquito con él.
-Bueno, si quieren le pego un tubazo y le digo que venga ahora.
-¿Ahora?- dije yo-. ¿Te parece, Josecito? ¿No se enojará?
-Con probar no se pierde nada- dijo decidido José.
Fue hasta la barra y se acodó al lado de Nahuelito.
-Melqui, ¿no me aguantás el tubo un cacho?
-¿Llamada local?- dijo Melquiades.
-Si.
-¿Celular? Por que si es celular después me viene un choclo de factura.
-No, no es un celular, Melqui.
Melquiades sacó de debajo de la barra uno de esos viejos teléfonos negros a disco.
-¿Funca esta cosa?- preguntó asombrado José.
-Claro que funca.
-Pero esto es del año de ñaupa, Melqui.
-¿No lo queres? No llamés- fue clarito Melquiades, mientras guardaba otra vez el fono debajo de la barra.
-¡No, no, no!- rogó José.- Prestámelo, Melqui.

III

José volvió a la mesa y se sentó en su silla.
-Ahí viene- informó.
-¿Tardará mucho?- quiso saber Ernesto.
-Media horita, cuarenta minutos- calculó José.
-¿Pedimos un vermucito para pagar entre todos?- dijo Ezequiel.
-¡Melqui!- pegó el grito Juan-. ¡Un vermucito completito para seis!
-Sale.
En la canchita hay unos chiquitos pateando penales en uno de los arcos.
-¿Pagan los pendejos estos?- inquirió Ezequiel codeándome el costado.
-¿Cómo queres que paguen, Ezequiel?- le digo-. Son chiquitos pasando un momento divertido.
-Pero están usando la cancha- la siguió Ezequiel-. Y si usan la cancha, tienen que pagar. Acá no hacemos beneficencia, Saturnino. A fin de mes tenemos que cubrir los gastos y nunca llegamos.
-Llegamos, Ezequiel, llegamos- le digo-. No rompas las pelotas, ¿queres? Son tres chiquitos pateando unos penales.
Nahuel llega con el vermut.
-Permiso, caballeros- dice muy educadamente mientras acomoda las cosas arriba de la mesa.
Cuando la bandeja queda vacía, levanta los pocillos de café y se retira.
-¿Qué es eso?- pregunta Ernesto señalando un platito lleno de unas cositas medias raras.
Raúl se acercó el platito a su lado y le echó una mirada.
-¿Qué es?- volvió a preguntar Ernesto.
Raúl hundió un poquito su dedo índice entre aquellas cosas y se lo olió.
-Ni la puta idea- concluyó volviendo a poner el platito donde estaba.
-Probá uno- le dijo José a Ernesto.
-¿Ta’ loco vó?- dijo Ernesto.
Yo escuchaba la conversación mientras bebía mi vermut.
-Alcanzame el platito- le dije a Ernesto.
Ernesto lo puso al lado mío.
Todos me miraban.
Tomé una de esas cosas y me la llevé a la boca. Le di un mordisco tentativo, puse trompita mientras lo saboreaba, y luego lo tragué.
-¿Y?- dijeron todos.
Agarré un puñado de las cosas y las metí en mí boca.
-Tan buenos- dije, mientras masticaba.
-¿Qué son?- me preguntó Ernesto.
-No se que son, pero están buenos.
Ernesto probó uno, medio con asquito. Su cara cambió mientras lo tragaba.
-Ta’ bueno de verdad- dijo.
Todos empezaron a meter mano. Pronto el platito quedó vacio.
Le hice señas a Nahuelito, que se acercó a nosotros.
-Nahuelito, ¿Qué eran esos cositos que trajiste?- le pregunté.
-No sé- se sinceró Nahuel encogiéndose de hombros-. Me lo cargó Melquiades en la bandeja. Si quieren, voy y le pregunto.
-Andá, preguntale, y traete otro platito- le dije, alcanzándole el que estaba vacío.
Nahuelito fue hasta la barra y cruzó algunas palabras con Melquiades. Este asintió con la cabeza y fue para la cocina. Salió al poco rato con el platito otra vez lleno de aquellas cosas. Dio vuelta la barra y lo trajo él mismo.
-Aquí tienen- dijo.
Nos abalanzamos sobre el platito.
-¿Qué son?- le preguntó Raúl.
-Berberechos- respondió Melquiades-. No me digan que no conocen los berberechos.
-¿Es alguna ave?- dijo Juan.
-¡No seas bruto, che!- se rió Raúl-. El berberecho es un pescado.
-Y vos estás peor que él, Raúl- le dijo José-. El berberecho no es un pescado, es un molusco.
-Pero está en el mar, ¿no?- se defendió Raúl-. Y para mí, todo lo que está en el mar es un pescado.
-No están en el mar. Están en la playita, como las almejas.
-¿Y hacen perlas los cosos estos, los berberechos?- preguntó Ezequiel.
-No. Esas son las ostras- dije yo para no quedarme afuera.
José se paró de golpe y se limpió las manos en los pantalones.
-Ahí viene- anunció.
Parado en la puerta, un hombre alto vestido de traje, sonriente, y con un pañuelo de seda anudado al cuello, miraba a todos los presentes.

IV

-René- llamó José agitando su mano.
El hombre giró hacia la voz y, al ver a Josecito, caminó por entre las mesas hacia nosotros.
-Buenas tardes, señores- saludó al llegar.
-Buenas tardes- dijimos todos a coro.
-Saturnino- dijo Ernesto-, alcanzale una silla acá al amigo.
Me estiré hacia atrás y agarré una silla por el respaldo.
-Siéntese, amigo- invité.
-Muchas gracias- dijo el hombre tomando asiento.
El tipo parecía muy atildado. Llevaba el pelo canoso peinado con esmero, las uñas prolijamente cortadas, y la sonrisa no desaparecía de su rostro. Su dentadura parecía una propaganda de dentífricos.
-¿Los dientes son todos suyos?- le pregunté.
-No son preguntas para hacer, Saturnino- me cagó a pedos José.
-No pasa nada, Josecito- dijo el hombre, riéndose.
-No quise faltar el respeto, Don- dije yo-. Lo que pasa es que es la primera vez que veo tal dentadura.
-Postiza- dijo él-. Los míos se cayeron hace rato.
Rio con ganas. Me está cayendo bien este tipo.
-Yo ya les comenté más o menos lo que querías hacer, René- lo puso al tanto José.
-Quique- dijo René.
-¿Qué?- dijo José.
-René es el nombre de fantasía que uso para la milonga. Mi nombre verdadero es Quique.
-Ya me parecía que no podía llamarse René. ¿Cómo se va a llamar René? René se llama la rana esa- dijo Ezequiel.
-A los turistas les gusta- le explicó Quique.
-A los turistas les gusta cualquier verga- fue tajante Ezequiel.
-Tenes que disculparlo a Ezequiel- dijo Josecito-. La edad le está haciendo mierda el cerebro y dice boludeces.
-No pasa nada- lo tranquilizó Quique.
-Bueno, Quique- dijo Ernesto-. A ver, contanos lo que tenes pensado.
-La idea es dar clases de tango. Traigo un equipito de música y arrancamos.
Miró hacia la canchita donde los chicos todavía seguían pateando penales.
-¿Sería ahí?- preguntó.
-Si- le dijo Ernesto-. ¿Y qué horarios tenías pensado?
-Empezaría a la tardecita, tipo de seis a siete. Comenzaríamos con un día por semana, para probar. Después, si vemos que la cosa camina, agregamos días.
Ernesto nos miró a todos. La mayoría asintió con la cabeza, menos Ezequiel que estaba enfurruñado en su silla.
-Nos parece bien, no creo que haya problemas. Hay que hablar con Melquiades para que te pase los horarios libres en la canchita.
-Ustedes me dicen- responde Quique-. Lo que tenemos que arreglar es el tema del alquiler del lugar.
-Bueno, si va a hacer una vez por semana, podemos comenzar con quinientos pesitos mensuales- tiró una cifra Ernesto.
Quique deliberó un momento consigo mismo y luego dijo:
-Podemos probar. Mañana voy a traer unos cartelitos para pegar en la puerta y en algunos negocitos que me dejen. Pongo como fecha de inicio la semana que viene, ¿les parece?
-Se va a llenar de jovatos esto- gruño Ezequiel.
-No se crea, eh- dijo Quique-. A los jóvenes les gusta mucho el tango.
-Es verdad- aportó José-. En la milonga hay mucha gente joven de veinte y picos de años que baila muy bien.
-Peor- volvió a la carga Ezequiel-. Se nos va a llenar el lugar de pelilargos.
-¿Sabe qué podemos hacer, Ezequiel?- dijo Quique poniéndole una mano en el hombro-. A usted le voy a dar clases gratis, ¿qué le parece?
-¿Clases a mí? Yo podría enseñarte varias cosas a usted sobre el tango, mi amigo. Yo me he recorrido los cien barrios porteños bailando tangos.
-¿No me diga?- se interesó Quique-. Pues enséñeme sus cosas y yo le enseño las mías. En el tango siempre se sigue aprendiendo. ¿Qué le parece si damos una clase conjunta?
-Me parece bien- dijo Ezequiel.

V

Una hora después, Quique se levantó de la silla, saludó a todos, y se marchó no sin antes repetirnos que mañana pasaba a dejar los afiches.
-¿Qué les pareció?- nos preguntó José-. Tipo piola. ¿Vieron cómo lo manejó a Ezequiel?
Ezequiel se había ido antes. Se tuvo que volver a la casa para tomar una pastilla que siempre lleva con él, pero que esta vez se había olvidado.
-A mí me cae bien- admití.
-Si, buen tipo- dijo Ernesto.
-¿Pedimos otro vermucito?- dijo Juan.
-¿Con berberechitos?- dijo Ernesto.
-Con lo que venga- dije yo.
Lo llamamos a Nahuelito.
-Traete otro vermucito con berberechitos- dijo Ernesto.
Nahuel cargó los vasos y los platitos vacios, pasó un trapito húmedo sobre la mesa y volvió a la barra.
Cuando vino nuevamente a la mesa, y mientras dejaba el vermut, nos preguntó a nosotros:
-¿Ese era el que va a enseñar tango?
-Satamente – confirmó José.
-¿Cobra caro?- siguió preguntando Nahuel.
-Todavía no sabemos- dije yo-. Mañana viene a pegar unos afiches, así que seguro ahí nos enteraremos. ¿Por qué? ¿Queres aprender a bailar tango, Nahuelito?
-Me gustaría- dijo él.
Y dicho esto, se fue.
-¿Vos sabés bailar tango, Saturnino?- me preguntó Ernesto.
-No.
-Yo tampoco.
-Podrían anotarse- dijo José-. No es difícil.
Ernesto y yo nos miramos.
-¿Y por qué no?- dije yo.
¿Y por qué no, no es cierto?

21 comentarios:

  1. YO!! yo me anotaría ¿ve? A mi me encantaría saber bailar tango... pero bailar posta no un ochito y listo. (no te voy a preguntar x la foto de la billetera pa que no me maltrates, pero.... ¿y?.. ¿para cuando?)
    Besos!

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  2. Connie: ¿Pero usted quiere aprender tango o matemáticas?
    (Y hace bien: no me pregunte sobre la foto porque me pongo loco.)
    Besos.

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  3. Granatto.. ¿cuantos capitulos son?

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  4. no salió mi comentario anteriorrrrrrrrrrrrr... bueno, repito: fenómenos los diálogos de los muchachos, don. ahora una cosita: me parece a mi o güevean de lo lindo ahí??

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  5. Connie: La respuesta, en los comentarios del primer capítulo.

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  6. Cla9: Son gente mayor. Supongo yo que ya se ganaron el derecho a güevear sin culpa, ¿no?

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  7. Lo encantador lo perdio por escribir lindo? o nunca fue.....? No le llevaba lo mismo responder que mandarme a buscarla? juaaaaaazzz ...... jodido! gracias señor!

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  8. Connie:No se me haga la ofendida que yo tengo que soportar que me venga a leer toda despeinada y no digo nada.

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  9. Adrián, si pongo foto porque pongo foto, si cambio por avatar, porque esta despeinado, si pregunto porque pregunto, Hay algo que le venga bien? Si me sigue maltratando me obliga a esperar la pelicula!

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  10. Connie: Pere que le alcanzo a Toribio, así no se cansa de esperar parada.

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  11. juaaaazzzz ve? es capaz de decirle que no a Escorsese pa maltratar... mande a Toribio nomas! de ultima le doy charla! besos cabrones

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  12. ¿Así que clases de tanguito? Que divertidos los viejitos, hablan todo en diminutivo igual que el Chechito! Helouuuuuu! he vuelto.
    ¿Que pasa con Enriquito? ¿todo bien?

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  13. Lils: ¿Por el Enriquito pregunta usted? Nu se. ¡Enriquiiiiitoooo!

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  14. Muy bueno los diálogos , pero me sumo a la cruzada por la continuación de la historia de la foto. Que suerte que se agente huevea lindo ahi. Salutes.

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  15. Aquí el que faltaba para el truco. Ando enquilombado otra vez y casi ni tengo tiempo para entrar a leer, así que llego tarde, pero llego. Estoy de sequía creativa y no quiero meter refritos, por eso no posteo, pero ya saben que yo soy igual que el peronismo: "siempre vuelvo". Afortunadamente, conmigo o sinmigo, el blog mantiene un excelente nivel. A todos les digo: muy bueno lo suyo.
    Un abrazo a tutti cuanti.

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  16. Piper: ¿Otro con la foto? ¡Pero que cosa, che! ¡Parecen chicos! ¡Ya va! ¡Ya va!

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  17. Enrique: No calentarum, Enriquito. Algo meteremos. Usted tranquilo. ¿Tiene para el primero? ¿Les digo la falta o lo llevamos de a poquito?

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  18. Buenisimo Adrian!!! Pero, en serio, como se la pasan al pedo los muchachos todo el dia...Jua, Jua

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  19. Walter: ¿Y usted qué haría? Seamos honestos, Walter. ¡Nos rascaríamos el higo a cuatro manos!
    Yo, seguro...

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