5 abr. 2010

VICISITUDES EN LA SOCIEDAD DE FOMENTO V / LA HISTORIA DE MELQUIADES

I

Me desperté con el nombre de Fabiola en los labios y estiré el brazo para abrazarla. Me encontré con un espacio vacío y la puta realidad cayó sobre mí nuevamente. Estos sueños tan vívidos me hacen creer que Fabiola todavía está conmigo. Y el dolor de volver a perderla es igual (o peor, algunas veces) que la primera vez.
Me levanto y voy a la cocina. Me siento a la mesa y me quedo viendo la alacena verde loro. Siempre le dije a Fabiola que esa alacena no pegaba con el resto de la cocina. Es más: no pegaba ni con el resto de la casa. Pero a ella le gustaba. Decía que rompía con tanta seriedad.
Me acerco a la alacena y abro la puerta. Adentro son todos estantes llenos de cajas de tomate, paquetes de yerba, de azúcar, de té, papel higiénico, rollos de cocina, paquetes de galletitas, paquetes de fideos de varias clases, una bolsa abierta de jabón en polvo en el estante de abajo junto a un paquete de jabones de mano y una botella plástica de lavandina.
Acerco mi cara y aspiro. El olor es una mezcla que pica en la nariz. Es un aroma que me recuerda a Fabiola, no sé por que. Será que siempre la veía ahí, acomodando las cosas de la compra, mientras yo hacía mate.
Lloro porque es lo único que puedo hacer. Lloro porque la extraño. Lloro porque sino lloro el dolor es insoportable.


II

En el baño me lavo la cara dos, tres veces. Tengo los ojos rojos. Me seco con la toalla y vuelvo a la cocina. Pongo la pava al fuego y preparo el mate. Son las cuatro y media de la mañana y dormir es ya un imposible.
Enciendo la radio y el locutor justo está presentando un tanguito. Es un tango de estos modernos, con ese “punchi, punchi” encima. No es feo, pero no se compara con un tango hecho y derecho.
En un rincón hay una pilita de diarios. Son diarios de los días domingos, que es el único día que los compro. Rebusco en la pilita si hay alguna grilla sin hacer, o un sudoku. Encuentro uno en que la grilla está a medio terminar. Lo llevo a la mesa y me cebo un mate. De uno de los cajones de la mesada (esos cajones donde se juntan todas las cosas que uno no se anima a tirar porque “alguna vez servirá”) saco una birome.
Luego de un rato, cuando me quiero servir otro mate y noto que no sale agua de la pava, levanto la vista al reloj de pared y veo que son las seis menos cuarto. A la grilla todavía no la terminé. Eso significaría dos cosas: o a estas mierdas las hacen cada vez más difíciles o yo cada vez ando más boludo. Opto por la primera. Tampoco es cuestión de echarse para abajo uno mismo.

III

A las seis estoy en la puerta de calle. Todavía está oscuro y corre un vientito que me hace tiritar. Entro otra vez a casa y salgo con una camperita liviana. Cierro con llave y encaro para la derecha. La sociedad queda a trece cuadras. Al pasar por delante del almacén de Ceballos veo en la vidriera un afiche en donde se ve la silueta de una pareja bailando tango. “APRENDA A BAILAR TANGO”, dice en letras grandes arriba de la silueta. Y abajo, un poco más chico, la dirección de la sociedad, los días y los horarios.
Este Quique se puso las pilas en serio con esto, pienso.
La fecha de inicio es mañana y ya hay varios anotados. Entre ellos, Ernesto y yo.
La sociedad está cerrada, tal como suponía.
Camino una cuadra más y llego al kiosco de diarios de Pepe.
-¿Cómo andamio, Pepito? ¿Medio frescoli, no?
-¿Qué hacé a esta hora por acá, Saturnino?- me dice él mientras terminaba de armar los diarios y acomodarlos encima de una mesa, poniéndoles encima una barra de metal para que no se vuelen.
-Duermo poco, Pepito. Cosas de viejos, supongo. ¿Necesitas ayuda?
-No, ya termino. ¿Desayunaste? Si queres nos tomamos unos mates hasta que abra la sociedad.
-Y dale. ¿Algo para mordisquear tenes?
-No, pero compro. A esta hora las facturas están calentitas y crujientes.
-Dejá que voy yo, Pepito.

IV

-¿Así que va a haber clases de tango?- dice Pepe.
Le alcanzo un mate y me agarro una bola de fraile del paquete de facturas.
-Si. Empiezan mañana.
-¿Y hay muchos anotados?
-Bastantes.
-Capaz que la convenzo a Lidia y vamos.
-Y dale. ¿Vos bailaste tango alguna vez, Pepito?
-Nunca.
-Yo tampoco.
Veo bajar del colectivo a Melquiades. Se acerca al kiosco y saluda:
-Buen día, Pepe. Me llevo el diario.
-Buen día, Melquiades. Lleve tranquilo.
-Buen día, Melquiades. ¿Ahora ya no saludás?- digo yo.
-¿Y qué hacés acá, Saturnino?
-Hueveo un rato hasta que abras la sociedad.
-Que ganas de romper las pelotas, viejo.
Enrolla el diario y se lo pone bajo el brazo.
-Vamos- me dice.
-Nos vemos, Pepito- saludo yo-. Gracias por los mates.
-Mañana nos vemos en la pista, Saturnino. Le vamos a sacar viruta al piso.
-No es de madera el piso, Pepito.
-¿Y de qué es?
-Baldosas.
-Baldosas- repite Pepe.
Sonríe.
-Y bueno, le sacaremos lustre.

V

Camino al lado de Melquiades. Este saca de su bolsillo un manojo de llaves que tintinean entre sus dedos hasta que encuentra la que necesita. Abre la puerta y entra. Voy detrás de él, esquivando las borroneadas sombras de las mesas. Me tropiezo con una y Melquiades me toma del brazo.
-No rompas nada, viejo.
-Andate a la puta que te parió.
Melquiades se ríe y da la vuelta a la barra. Prende las luces y los tubos parpadean hasta encenderse.
-Prestame el diario.
-¿Estuviste no sé cuanto tiempo en el kiosco de diarios y me pedís el mío?
-Quiero leer los titulares, nada más.
Melqui lo tira sobre la barra.
-Que tipo ratón. Ni el diario quiere comprar.
-No seas egoísta, Melqui. ¿Desayunaste vos?
-No.
-Bueno, desayunemos juntos.
-Yo desayuno con Nahuel.
-¿Y qué problema hay? Desayunamos los tres y listo.
-Vos te la pasás comiendo, viejo.
-Buen día- dice Nahuelito detrás de mí.
-¿Pero vos sos pelotudo?- le digo yo, sintiendo el corazón en la boca-. ¡Como me vas a asustar de esa manera!
-No le des bola, Nahuel. ¿Trajiste los cuernitos de grasa?
-Traje.
Nos sentamos en una de las mesas y Melquiades trajo tres tazas grandes llenas hasta el borde de café con leche. Mojo un cuernito de grasa y Melquiades hace un gesto de desagrado.
-No sea asqueroso, viejo.
-¿Qué tiene de malo mojar el cuernito?- pregunté.
-No se mojan los cuernitos, viejo.
-¿Quién dice? ¿Usted que piensa, Nahuelito?
-Cada uno hace con su cuernito lo que tenga ganas. No sé, me parece a mí- dijo Nahuel.
-Ahí tiene, ¿ve? Sabias palabras las de Nahuelito.
-¿Qué hace tan temprano por acá, Don Saturnino?- me pregunta Nahuel.
-Tenía algo pendiente con Melquiades.
-Yo no le tengo pendiente nada- dice Melquiades, a la vez que mojaba un cuernito en el café con leche.
-¿No era que eso no se hace?- digo yo.
-Quiero ver que se siente hacer boludeces, viejo.
-¿Qué tiene pendiente con Melquiades?- dice Nahuel.
-Una historia. ¿No es cierto, Melqui?
-Te dije que para cuando estemos solos. Tal vez algún otro día de lluvia.
-¿Qué historia?- pregunta Nahuelito. Se notaba que la cosa había empezado a interesarle.
-Tu jefe tiene una foto en la billetera- comencé a explicarle a Nahuel-.La otra vez logré vérsela por casualidad y me picó la curiosidad. Así que le pregunté quién era la chica de la fotografía.
-¿Era una chica?- se sorprendió Nahuel.
-Una hermosa muchacha- añadí yo.
-Cuente, jefe, sea bueno- rogó Nahuelito.
-¿Vos también? Sinceramente, no lo pensaba de vos, Nahuel. Y bueh- resopló Melquiades-. Les voy a contar la historia, pero solamente para que me dejen de romperme las pelotas.
-Yo quiero ver la foto- dijo Nahuel.
-¿Y para qué? Es una foto y punto- gruñó Melquiades.
-No seas arisco, che. El hombre quiere ver la foto.
-No, está bien- se encogió de hombros Nahuelito-. Deje, Saturnino, yo voy a acomodar el salón.
-¡Ahí está! ¿Estás contento ahora, Melquiades? ¿Te parece tratarlo así al hombre?
-Llegás a levantar el culo de esa silla y te juro que te rajo- le dijo Melquiades a Nahuelito-. Acá se ofenden enseguida, la puta que los parió.
-Somos gente sensible, Melqui. Dale, contanos sobre la chica de la foto.
Melquiades sacó la billetera del bolsillo del pantalón y la abrió. Retiró la foto y la puso sobre la mesa.
-Me llegan a interrumpir y no cuento nada.
Nahuelito y yo asentimos con la cabeza.
Melquiades miró la foto y pareció rejuvenecerse.

VI

-Acá tenía dieciséis años- comenzó.
-¿Y vos cuantos tenías?
-¿Ya empezamos, viejo?
-Es que siempre empezas con lo mismo: “acá tenía dieciséis años”. Eso ya lo conozco. Pero si ella tenía dieciséis años, ¿vos cuantos tenías? No es una mala pregunta.
-Dieciocho. Yo tenía dieciocho años, viejo. ¿Contento? ¿Puedo seguir ahora?
-Que carácter de mierda. Dale, seguí.
-¿Por qué no hacés como Nahuel, que está sentadito y prestando atención, sin preguntar boludeces?
-No me rompas las bolas.
-Nos conocimos en el pueblo, allá, cerca de Mendoza, pegadito a la cordillera.
-¿Vos sos mendocino?
-¡Pero la concha de tu hermana, viejo! ¿Te podes callar?
-¡Bueno, eh!
-Cuando mi viejo murió, yo tenía quince años. Tuve que dejar el estudio y ponerme a trabajar. Alguien tenía que mantener la casa. Mi vieja hacia algunos pesos con la costura, pero no alcanzaba. Aparte, estaba Claudia, mi hermana, que era más chica que yo.
-¿Tenes una hermana?
-¡Lissssssssssto! ¡No cuento un carajo!
-Bueno, bueno, bueno.
-Vos miralo a Nahuelito. ¿Acota algo él? No. ¿Tanto te cuesta hacer lo mismo?
-Ta’ bien, me callo.
- Ojala pudiera creerte. Bueno, la cuestión es que me fui a laburar con mi tío, el hermano de mi viejo. Él era albañil, electricista, gasista, lo que se te ocurra. Y nada de estudios, eh. Todo lo que sabía era por mamarlo de chico en la obra. El laburaba con el pibe, el Emiliano.
-Y Emiliano salía con la chica esta, ¿no es cierto? ¡Claro! ¡Por eso es un amor no correspondido!
-¿Vos lo haces de puro hijo de puta, no es cierto, viejo? Te gusta joderme.
-Es que saco conclusiones.
-Las conclusiones metetelas en el orto.
-¡Eh!
-Emiliano no salía con ella, viejo. Pero si salía con la hermana. Un sábado viene Emi y me dice…

VII

-Me tenes que hacer la gamba, Melqui.
Estábamos haciendo la mezcla con el trompo. Yo estaba meta palear arena y tenía la cintura echa mierda.
-¿Con qué?
-Con Leticia.
-¿Quién es Leticia?
-La hermana de mi novia. Queremos ir al cine, pero si no viene la hermana no la dejan salir.
-No sé, Emi. La verdad, estoy cansado.
-Dale, no seas forro. Ta’ fuerte la hermana.
-¿En serio?
-Si. Decí que yo ya me enganché a esta, que sino le daba masa.
-¿Y a qué hora es?
-La peli empieza a las diez. Te paso a buscar tipo ocho y media y nos vamos a comer unos panchos a la plaza los cuatro.
-¿Vamos a pata?
-No. El viejo me presta la chata. Eso si, Melqui: si se me da de colocarla, vas a tener que bancar afuera porque me la cojo en la chata.
-¿Y yo qué hago mientras?
-No sé, fijate. Capaz que te da calce y cogés también.
-¿Qué edad tiene?
-Dieciséis.
-¡Hijo de puta! ¡Es una nena!
-¡Pero tiene unas tetas para chupárselas todo el día! Mirá: si queres no te la cojas, pero haceme la gamba, dale.
-Bueno, pero seguí paleando vos que no doy más.

VIII

-¿Y te la cogiste?
-Eso no es de caballeros, viejo. Sos un zanguango.
-¿Un qué?
-Un pelotudo importante.
-Pero fuiste, ¿no es cierto?
-Claro que fui.

IX

A las ocho y media pasó Emi por casa. Ni siquiera se bajó de la chata, tocó bocina como ochocientas veces. Los vecinos ya querían cagarlo a trompadas. Salí y le hice señas para que la cortara con la bocina.
-Dale, boludo, que se hace tarde. Subí.
Y ahí la vi.
Me abrió la puerta de la camioneta y se corrió un poco contra su hermana.
-¡Y dale! ¿Vas a subir o no?- me seguía apurando el Emi.
-Estoy subiendo.
Y es lo que estaba tratando de hacer. Lo que pasaba es que me daba vergüenza acercarme mucho. El espacio de la cabina era muy chico. No podía acomodar las piernas y estaba con medio culo afuera.
-¡Apretate, che!- me seguía jodiendo Emi.
-No entro.
-Leti, subite encima de él, sino no arrancamos más.
Yo lo miré al Emi con tal cara de cuiqui, que el otro se empezó a cagar de risa.
-La Leti es mansita, che. No te preocupés que no te va a morder.
Leticia estaba roja como un tomate y yo igual.
-Voy a la parte de atrás, Emi.
-¿Atrás? Ta’ bien, como quieras.
-Voy con vos- dijo Leti.
Yo me quedé patitieso, les juro.
-¿Qué?- dijo Sandra, su hermana.
-No lo voy a dejar solo ahí atrás.
-Dejala que vaya, Sandra- dijo Emi.
Leticia bajó de la camioneta. Era alta como yo y tenía el pelo largo atado en una cola. Y Emi no había exagerado para nada: tenía unas tetas para el campeonato.
De un salto se subió a la parte trasera de la camioneta. Desde ahí arriba me miró.
-¿Y?- me dijo- ¿Subís o no?

X

-¿Y subiste?- pregunté yo.
-¿Y a vos qué te parece?
-Que se yo, por eso pregunto.
-Claro que subí.

XI

Hacía un frio de la san puta ahí atrás, así que nos tuvimos que acercar para darnos calor. Terminamos abrazados y riéndonos como tarados mientras las lágrimas que nos sacaba el viento helado nos caían por las mejillas.
Comimos unos panchos en la plaza. La plaza era el centro de encuentro de todos los pibes del pueblo antes de ir al pueblo vecino a bailar (donde quedaba el único boliche), o al cine que quedaba justo enfrente de la plaza con el majestuoso nombre de SALA DE CINE REMEMBRANZAS.
En aquel entonces el cine era continuado y te daban dos películas. Si tenías ganas podías entrar en la primera función e irte en la última. Cuando era más chico, y nos rateábamos de la escuela, solíamos hacerlo seguido.
Aquella noche daban dos pelis de terror. No me acuerdo cuales. Cuando salimos ya eran casi la una de la madrugada. En la plaza había algunas parejas y algunos coches con los vidrios empañados. Emi me hace una seña y lo veo subir a la chata con Sandra.
-Estos van a estar un rato largo- dice Leti-. Vamos a sentarnos a la plaza.
Siempre fui medio lerdo con las minas. No se me da eso de tomar el control. Nos sentamos en uno de los bancos y Leti me comió la boca. Fuera de joda se los digo: nunca me besaron de esa manera.
Diez minutos después (el Emi no tardó más que eso) las llevamos para la casa. Con Leti quedamos para vernos al otro día, tipo nochecita.
Estuvimos saliendo casi un año. Once meses y cuatro días, exactamente.

XII

-¿Y qué pasó?- pregunté.
-Con mi tío y el Emi enganchamos un laburo en las afueras. Un laburo de mucha guita. Para no tener que estar viajando todos los días, nos quedamos allá. Habremos estado un mes. Cuando volvimos, con el Emi fuimos a buscar a las chicas y nos sorprendió ver un cartel de alquiler delante de la casa. La vecina nos dijo que se habían ido hace una semana. “Un trabajo importante del hombre”, dijo la mujer. “A Ushuaia creo que iban”.
-Uh…
-Al Emi no le importó mucho. A los tres días andaba dándole bomba a la hija de Pinto. Pero yo no podía ni comer. Se me había ido el hambre, el sueño, las ganas de todo. Un trapo era. ¿Viste esos trapos de piso agujereados que uno deja en un rincón? Bueno, a ese trapo me parecía yo.

XIII

Melqui suspiró y tomó la foto entre sus manos.
-Pero hay un dicho, viejo: el tiempo todo lo cura. ¿Y sabés qué? Es mentira. Me casé, tuve tres hijos, enviudé, mis hijos me hicieron abuelo, pero nunca la olvidé.
-¿Nunca más la viste?
-Nunca más.
-¿Pero la buscaste?
-No. El pasado en el pasado queda.
Guardó la foto en la billetera y se puso de pie.
-Miralo a Nahuelito: ni una palabra en toda la historia. Aprendé, viejo.
-¡Y que va a decir, si está dormido!
-¿Se durmió? Pero está con los ojos abiertos.
-Pero no pestañea.
Melqui le pasa la mano con la palma abierta delante de la cara. Nahuelito ni se mosquea.
-¿Y cuándo se durmió?
-Desde el principio. Pobre Nahuelito, lo mata el viaje.
Melqui lo sacude a Nahuel por el hombro.
-Nahuel. Eh, Nahuel…
Nahuel lo mira a Melquiades y se sonríe.
-Que linda historia, jefe. ¿No me la cuenta de vuelta?

16 comentarios:

  1. Mirame al Melqui ... la verdad que es un caramelo Melqui e incluso Leti era una grossa..... una lastima que no la haya buscado, ahora.... yo me pregunto...... si el pasado queda en el pasado... ¿debería tener la foto en su billetera?
    Lindísima esta historia, decime la verdad Adrián.. vos vas a esta sociedad de Fomento no?
    Besos!

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  2. Connie: Hay pasados que perduran aunque no queramos.

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  3. Me asombra la capacidad de contar con lujo de detalles una historia, yo no puedo, soy impaciente! jaja
    Me gusta mucho, mucho esta saga de la sociedad de fomento. Es muy tierna!
    Besugos y otras yerbas!

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  4. sos un genio. el genio de las historias así, del barrio, de lo simple, de lo nada, que es todo. denota una profundidad que no está a la vista, pero la siento. me encantó. salutes, master, con .. fernet?!!!

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  5. Lils: ¿Dónde ta' el lujo? Usted porque no sabe todo lo que le saco al relato.

    Cla9: Fróteme la lampara que me gusta.

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  6. Por fin la historia de la foto. Era hora, viejo.La verdad que lo felicicto por el relato, la parte del mueble con la yerba, el papel higienico me hizo acordar a la casa de mis viejos. Todo asi ordenado. Muy uena historia, Ahora vendran las clases de tango,no???

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  7. Lils: No fanfarroneo. Como dice Stephen King: segunda versión= primera versión- 10%. ¡Así que imagínese lo que tengo que podar algunas veces!

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  8. Piper: Ya falta poco para que termine la historia. Y es un placer que hasta ahora les haya gustado tanto como para seguirla.

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  9. Me sumo a los elogios, pa no repetir, que ando a los santos gases. Un abrazo.

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  10. Enriquito: ¿Y adónde va tan apurado? Relax, Enriquito, relax...

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  11. Estas historias en el "cafe la humedad " me tienen copado.
    Lo de las facturitas calientes me abrió el apetito. Lindo che...muy lindo.
    vamos por las clases de tango.

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  12. Walter: Pere que lo llamo al Cacho Castaña y nos comemos unas facturitas juntos.

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  13. Como siempre muy bueno lo suyo don!, ud. me hace reír y llorar por igual, siempre es un gusto leerlo, le mando un ósculo en la frente

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  14. Anhir21: ¡Tanto tiempo! ¿Cómo anda? Esto ya se está terminando. Dos capítulos más y chau.
    Besos.

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