14 jun. 2010

La Palomita

copernico ball


Los primeros clientes fueron cayendo apenas abrió el bar. Por lo general los sábados abrimos a las ocho de la mañana para recibir a los pocos madrugadores de la zona, pero esta vez para las nueve y media el salón ya estaba lleno. La pantalla gigante estaba montada desde el día anterior, y cada mesa tenía al menos un LCD a menos de tres metros. Las banderas y las camisetas celeste y blancas eran el denominador común. En las mesas había solitarios, parejas, grupos de amigos y familias. Muchos vinieron con ánimos de café con leche, pero no fueron menos los que arrancaron desde temprano con refrescantes cervezas. Nótese un detalle: desde hace un tiempo viene ganando terreno Stella Artois, pero ese día casi todas las que se vendieron eran Quilmes. A las once de la mañana se dio un hecho casi inédito, repetido no más de siete veces cada cuatro años. Avenida Rivadavia estaba vacía. Once y media las charlas dieron lugar a los gritos, cantos y alguna que otra corneta. Durante seis minutos el tiempo se detuvo. La tensión crecía dentro de cada uno de los presentes. Todo el stress acumulado durante la semana, el mes, el año, los cuatro años que habían pasado desde aquella vez con Alemania, los ocho desde Korea-Japón, el Corralito, Duhalde, los K, la 125, Alica alicate, Brazenas y el Clausura 2009, las Eliminatorias y a seguir chupando, el desempleo, la inseguridad, Jorge Julio López, Botnia y los asambleístas de Gualeguaychú, la crisis europea y la puta madre que los parió a todos, todo eso desapareció luego de seis minutos de mantener la garganta anudada cuando la Bruja pateó el corner y el Gringo se tiró de palomita para clavarla en la red de los morochos.
Fueron seis minutos y fue el Gringo Heinze. Ese mismo al que todos habíamos puteado y que si nos decían que iba a meter el primer gol de Argentina jamás lo hubiésemos creído cierto. Y vimos correr y gambetear a Messi y dirigir al Diego, y vimos como todas las dudas y las certezas de desastre que durante meses habíamos cultivado dejaban paso casi tímidamente a algo que nos resulta tan poco común que a veces hasta nos olvidamos que existe.
Esperanza.
Porque aunque el Mundial es sólo fútbol y con el fútbol no comemos, la alegría que da el fútbol no puede evitar llenarnos.
Porque aunque tal vez la mitad de los que estaban sentados en el bar el sábado al mediodía no fueran futboleros activos durante tres años y once meses, el Mundial es otra cosa. Hace menos de un mes, días antes de la celebración del Bicentenario, más de uno me dijo por acá que se iban a ver más banderas durante el Mundial que para recordar la Revolución de Mayo. Lo cierto es que yo vi las mismas banderas colgadas de las mismas ventanas, y también la mayor cantidad de gente junta que haya visto en mi vida. Y creo que el Mundial y el Bicentenario representan sencillamente dos maneras distintas de sentirse argentino. Por un lado el orgullo de la historia. Haber nacido en el mismo país en el que hace 200 años nacieron unos tipos con los suficientes huevos como para mandarse a sí mismos cuando la idea de la libertad era inédita y subversiva por estos lados (aunque se que muchos se horrorizarían si supieran que Cornelio Saavedra vio la luz en tierras que hoy son bolivianas, muy cerca de donde el 25 de mayo de 1809 se dio el primer grito libertador por estas latitudes). Y por otro lado, el orgullo del presente. Porque a los argentinos nos gusta sentirnos los mejores del mundo. Y son tan pocas las oportunidades que tenemos para ello que a veces incluso duele. Es ese el motivo de que cada cuatro años encontramos la excusa perfecta para exigir, y no pedir. Porque desde que sabemos que podemos, nos sentimos con autoridad para reclamar el lugar más alto del podio. Porque Argentina en los mundiales tiene la obligación de alcanzar el campeonato, sabiendo que el consuelo de “una actuación digna” no nos alcanza. Y porque cuando pasa, como este sábado, que nos abren la puerta para dejarnos entrever esa pequeña luz de esperanza, ese grito que sale de nuestras gargantas se escucha fuerte y claro hasta los más recónditos rincones del mundo.
Cuando terminó el partido algunos se fueron, pero la mayoría se quedó a almorzar y a festejar el triunfo de Argentina.
Ojalá que de para seis festejos más.

5 comentarios:

  1. Priiiiii acá también. Ja!
    y usté sabe que yo no soy muy futbolera, pero el mundial me cambia un poco los gustos.
    y necesitamos tanto una buena...!
    Welcome back.

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  2. Como los partidos se dan en horrios más o menos coherentes, he visto algunos. Malísimos todos. Este mundial me parece que va a ser pobre. Recien con Alemania se vieron goles, pero Italia...¡festejó el empate!

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  3. interesante relato. particularmente me alegra que se alegren con el fútbol.. o con lo que sea. las alegrías colectivas me conmueven... salutes!!

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  4. Sabias palabras. Pensamientos totalmente compartidos mi amigo. El futbol nos alegra tanto como nos amarga...(¡Vade retro Brasil!)

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