25 nov. 2010

El Capricho de las Nubes

La nube tenia forma de perro, o podía ser una oveja recién esquilada se dijo intentando sonreír. Mirar el cielo en busca de nubes con formas se le había hecho costumbre, un juego que había empezado con mamá y había seguido con su hijo.

Existían varios lugares que parecían elegidos por una mano invisible, esos lugares que eran excelentes e irremplazables. Tenían un palo borracho viejísimo y frondoso en el fondo de la estancia que era secundado por un alambrado de púas, acostarse a su sombra para mirar el cielo era uno de esos lugares. Más allá, pasando el corral estaba el tanque australiano, sublime para descansar con el agua hasta el cuello y observar el celeste en busca de formas.

Su madre ya no estaba, había fallecido a los 86 años, murió en su cama, con la foto de su padre en el regazo. Se fue tranquila la vieja dejándolos con esa sensación de vacío cuando alguien parte para no volver, ese lugar que no puede ser ocupado por nadie.

Pedro buscó primero la sombra del palo borracho, se hecho por varias horas contemplando el cielo y adivinando el capricho de las nubes; después, insatisfecho todavía en su cacería, tomó rumbo al tanque australiano y dejándose solo los calzoncillos, se hundió en sus frescas aguas.

Trataba que el celeste drene sus pensamientos, que esa paz que transmite el color de un cielo despejado se le inyecte en el alma y lo ayude a pasar las horas.

Vio una nube, la forma se le implantó en la mente como un sello de oficina pública, con un golpe sordo y fuerte.

Entendió que uno puede hacer todo para olvidar, buscar sustento en otras actividades, la mente ocupada no tiene tiempo para lastimar, le decían. Pero esa nube con la forma de su hijo sí tenía tiempo, todo el tiempo del mundo, rasgando las probabilidades, la realidad que se instala como la sed extrema.

Prefería estar ahí que verlo en el hospital, con el respirador que se desconectaba porque el tiempo no lo es todo, porque el tiempo tiene fin.

Lloró al cielo y maldijo las formas mientras la nube se desfiguraba por las altas ráfagas de un viento impulsado por el capricho.



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