19 nov. 2009

EN EL BOSQUE DE LAS BRUJAS





PRÓLOGO

Noche oscura.
Los gritos cesaron. La figura envuelta en llamas ya no se convulsiona. El olor a carne quemada es dulce e impregna el aire. Algunos críos corren alrededor de la pira, lanzando palos y piedras a la fogata. “¡Te atrapamos, bruja, te atrapamos!” canturrean entre risas. Los demás aldeanos observan todo en silencio. La furia e excitación que los había embargado al principio de todo ya se ha calmado.
Cuando de la hoguera solo quedan rescoldos, poco a poco vuelven a sus casas. Todos ellos, al pasar cerca de la hoguera, hacen una higa: alargan su brazo, cierran el puño, y ponen tieso el dedo corazón, un acto apotropaico contra el mal de ojo.
Al cabo de unos minutos, al haberse retirado todos, una pequeña sombra emerge del bosque.
Sus ojos negros se clavan en aquello que sigue abrazado al poste, en medio de la pira.
Con sus pies descalzos trepa por lo que queda de brasas y desanuda los alambres de espino que mantienen el cuerpo al poste.
No parece sentir dolor, aunque sus pies humean.
El alambre se clava en sus manos, pero la pequeña figura sigue tironeando de él. La sangre le brota de las heridas y sisea al caer a las brasas.
Le lleva mucho tiempo bajar el cuerpo y arrastrarlo hasta dentro del bosque.
Cava una fosa de poca profundidad con sus manos en la tierra húmeda. Coloca el cuerpo, lo cubre con la tierra, y busca piedras que coloca encima para evitar que algún animal profane la tumba.
Recién entonces se deshace en lágrimas.
-Mami- musita quedamente.

PRIMERA PARTE
LA LLEGADA DE UN EXTRAÑO

I

El carruaje traqueteante llegó a la orilla del río. El cochero sofrenó a los caballos y golpeó el techo del carruaje.
-¿Qué sucede?- preguntó un hombre joven, de no más de treinta años, que asomó su cabeza por una de las ventanas.
-De aquí en más sigue usted solo- dijo el cochero.
El joven miró el río y a la aldea que se levantaba más allá.
-Pero no hemos llegado. La aldea está cruzando el río.
-El puente es pequeño, no pasa el carruaje- explicó el cochero, señalando a su derecha, a un puente angosto de madera que se veía frágil.
El joven bajó del carruaje y el cochero le arrojó las tres maletas de cuero que descansaban en el techo.
-¡Cuidado!- dijo el joven, corriéndose del trayecto de las maletas.
El cochero giró el carruaje y se marchó, dejando al joven a la orilla del río. El rumor del agua era lo único que se escuchaba.
-Muchas gracias por nada- refunfuñó el joven mientras tomaba dos de las maletas. La tercera debería quedarse ahí hasta que volviera a buscarla.
Se acercó hasta el puente. Le faltaban algunas tablas al piso. Miró hacia la otra orilla: calculó que serían unos cuatro metros. Puso un pie sobre el puente e hizo presión. El puente crujió un poco.
-Se ve a punto de caerse, pero es un puente seguro- dijo alguien detrás de él.
El joven miró sobre su hombro y vio a una chica de largos cabellos negros que sostenía su otra maleta.
-Supongo que es tuya- dijo la chica alzando un poco la maleta.
-Si, es mía.
La chica se puso a su lado. Era tan alta como él y tenía unos hermosos ojos oscuros.
-¿Vas a la aldea?- preguntó ella.
-Si. ¿Vives allí?
-No- dijo la chica-. Vivo con mi madre en el bosque.
-¿Es seguro?
-¿Vivir en el bosque? Hace mucho tiempo que vivimos allí. El bosque ya nos ha acogido. Los aldeanos dicen que está embrujado. Yo nunca he visto fantasmas ni espíritus en él, pero eso los mantiene alejados. Capaz que en invierno, cuando el hambre aprieta, se arriesgan a entrar para ver si consiguen atrapar algún conejo. Pero si no, prefieren mantener distancia.
-Hablaba del puente- dijo el joven con una sonrisa.
Ella se ruborizó.
-No tanto como el bosque- dijo entre carcajadas.

II

La joven lo acompañó hasta unos metros antes de la entrada a la aldea.
-¿Algún problema?- inquirió él al ver que ella se detenía.
-Ninguno, solo que no entro a la aldea. Digamos que no soy muy bien recibida.
-¿Y a que se debe?
-Son personas muy supersticiosas.
-¿Y que tiene que ver contigo?
-Ellos creen que soy una bruja.
Él se sorprendió por esta respuesta.
-Hace muchos años, en aquella colina- siguió ella-, quemaron a una mujer acusándola de brujería. La mujer vivía en la aldea, era uno más de ellos. Las cosechas no venían bien ese año, una terrible sequia azotaba la región. El río que cruzamos solo era un hilo de agua entre las piedras. Esta mujer logró que su pequeña huerta se mantuviera en condiciones y los demás comenzaron a decir que había hecho tratos con el diablo. En realidad, lo que había hecho fue armar todo un camino de canales cavados en la tierra desde el hilo de agua, manteniendo un riego constante en su huerta. Era una mujer inteligente entre un grupo de ignorantes y eso le costó caro. Los aldeanos irrumpieron en su casa, la golpearon, y la condujeron hasta la colina. La amarraron al poste de la hoguera y le prendieron fuego. Los gritos fueron atroces.
-Eso es horrible- dijo el joven.
-Al otro día su cuerpo no estaba y una huella sanguinolenta se internaba en el bosque.
-¿Y qué pasó?- preguntó el joven, atrapado por la historia.
-No se sabe. Nadie se atrevió a seguir la huella, y menos entrar al bosque. Pero todos creyeron saber que había pasado. La mujer tenía un niño o una niña. Los aldeanos nunca supieron su sexo verdaderamente. Llevaba el pelo largo, pero eso no indicaba nada. Los hombres de la aldea también lo llevan largo, atado en coletas. Tendría unos seis o siete años en ese entonces y vestía pobremente. Mayormente era alguna tela basta y pesada cosida como una bolsa, con agujeros para la cabeza y los brazos, y atada con una tira de la misma tela en la cintura. No se atrevieron a hacerle daño. Una cosa es matar a una bruja y otra muy distinta matar a un niño. Le dieron un palazo y lo dejaron desmayado en la casa. Piensan que fue ella, o él, quien se llevó el cuerpo y lo enterró en el bosque.
La chica guardó silencio. El joven la miraba esperando que continuara. A lo lejos se avecinaba una tormenta. Negros nubarrones venían cabalgando por el cielo, como una mancha de tinta expandiéndose rápidamente sobre la cúpula celeste.
-Mejor que vayas a la aldea- dijo la joven mirando las negras nubes-. Va a llover.
-Tienes razón- dijo el joven-. Me llamo Abelardo- se presentó-. Abelardo Ledesma.
Hizo una reverencia a la chica.
-Mucho gusto- dijo ella-. Mi nombre es Macarena.
-Encantado, Macarena. ¿Has visto alguna vez la tumba de aquella mujer?- no pudo dejar de preguntar el joven.
-Nunca- contestó ella-. Son solo historias.

III

Abelardo entró a la posada y doce pares de ojos se fijaron en él. Se sintió medio cohibido mientras se acercaba a la barra.
-Buenas tardes- le dijo al hombre que se encontraba detrás de la barra. El hombre gruñó algo que él quiso suponer que era un saludo de bienvenida-. Quisiera una habitación, si hay alguna disponible.
-Todas están disponibles, muchacho- dijo uno de los hombres que se hallaba sentado en el salón-. No vienen muchos visitantes por aquí.
-En ese caso, me gustaría rentar una y dejar mis maletas. Tengo que ir a buscar la otra, que está en la entrada de la aldea.
-Habitación cuatro- dijo el hombre de detrás de la barra, alcanzándole una llave y señalándole el rincón-. Por la escalera. Son cuatro monedas.
Abe le entregó el dinero al hombre y subió a la habitación. Una cama pequeña y un ropero era todo el amueblamiento.
Dejó las maletas y volvió al salón.
-Muy linda la habitación, acogedora. Voy a buscar la otra maleta. Una pregunta: ¿y el baño?
-En la parte trasera, cerca del chiquero. De esa forma se camuflan los olores.
-Me imagino. ¿Se podrá comer algo?
-Guiso.
-¿De que?
-De guiso.
-Guiso de guiso- repitió Abe-. Suena apetitoso. Bueno, voy a buscar la otra maleta y luego probaré el susodicho guiso.

IV

Con el guiso le pasaba algo raro: no podía ponerse de acuerdo de si estaba muy bueno o era que tenía tanta hambre que cualquier cosa le parecía exquisita.
Afuera, el agua caía con fuerza.
Cuando comía el segundo plato, alguien se acercó a la mesa.
-¿Me permite?- dijo aquel hombre-. Nunca me gustó comer solo.
Abe se puso de pie y ofreció la otra silla.
-Por favor, será un placer.
-Gracias- dijo el hombre y tendió su mano-. Me llamo Julius.
-Abelardo, pero puede decirme Abe.- dijo el joven, estrechándosela.
-Raimundo, trae otro plato de ese asqueroso guiso que haces- le dijo Julius al posadero-. Y una jarra de vino, también.
Julius tomó asiento al lado de Abelardo.
-Usted me intriga bastante, le diré. Es raro que llegue gente a la aldea.
Raimundo llegó con un plato de guiso y la jarra de vino. De un bolsillo de su mugriento delantal sacó un par de cubiertos y un vaso de lata. Julius removió con el tenedor el guiso e hizo un gesto de desagrado. Se sirvió vino y acercó la jarra al vaso de Abe.
-No, gracias- dijo él-. No soy un buen bebedor. Con el agua estoy bien.
-No me va a despreciar la invitación- dijo Julius y le llenó el vaso.

V

-¿A qué se dedica usted?- preguntó Julius, llevándose una cucharada del guiso a la boca.
-Soy escritor.
-¿Escritor?
-Así es. Escribo historias en los periódicos, relatos inventados por mí.
-Aquí no llegan los periódicos y tampoco los necesitamos: ninguno de nosotros sabe leer. ¿Y a que viene un escritor a nuestra lejana aldea?
-Busco historias.
-Pues de eso tenemos bastantes. Yo mismo le puedo contar algunas muy buenas.
-En realidad, vengo por una en especial.
-¿Ah, si?
-Sobre la desaparición de una mujer.
-¿Aquí?- exclamó sorprendido Julius-. No sé nada sobre eso.
-Ocurrió hace veinte años.
En el salón se hizo un silencio. Abe sabía que todos estaban pendientes de la conversación y que Julius era el encargado de tirarle la lengua.
-Eso fue hace mucho tiempo- dijo Julius al fin.
-Según lo que llegó a mis oídos, la mujer de la historia fue acusada de brujería y la quemaron en una hoguera, en la colina que está del otro lado del río. Al otro día el cuerpo no estaba. Había una huella que se internaba en el bosque, como si la hubieran arrastrado.
Abe bebió un poco del vino. El líquido le quemó la garganta.
-Nunca se encontró el cuerpo- logró decir con lágrimas en los ojos.
Se los enjuagó con el antebrazo y continuó:
- O al menos eso es lo que se cuenta.
-Ahora recuerdo- dijo Julius-. Esas son historias que usamos para asustar a los niños, nunca ocurrió.
-Una chica me dijo lo contrario en las afueras de la aldea.
-¿Una chica?- repitió Julius.
Miró nervioso a los demás, que se revolvían inquietos en sus asientos.
-Si. Ella me ayudó con las maletas y me contó la historia.
-Es una loca- dijo uno de otra mesa-. Vive sola en el bosque y habla con los animales.
-Me dijo que vivía con su madre.
-Oh, si, por supuesto- dijo otro más allá-. La madre se encuentra en ese bosque, en eso no le mintió. Pero lo que seguramente no le dijo fue dónde está enterrada.

SEGUNDA PARTE
ENTRANDO AL BOSQUE

I

Abe no durmió aquella noche. Se quedo al lado de la ventana, observando la colina entre la cortina de agua.
La conversación en el salón había terminado abruptamente luego de que aquel hombre hubiera hablado.
Como si de una sola entidad se tratara, todos se pararon al unísono y se marcharon. En el salón solo quedaron Abe y el posadero. Este dio la vuelta al mostrador y comenzó a recoger lo que había en las mesas. Al llegar a la mesa de Abe, sin mediar palabra, le quitó el plato y todo lo demás.
-Que amabilidad- se quejó Abelardo.
Por toda respuesta el posadero se le quedó mirando hasta que Abe se levantó y subió las escaleras.

II

Al otro día, al bajar, se encontró con una mujer pasando un lampazo.El posadero se encontraba en su lugar de trabajo: detrás de la barra. Se entretenía matando moscas con un trapo.
Se acercó a él.
-Buenos días, buen hombre- lo saludó alegremente Abelardo-. ¿Hay alguna posibilidad de desayunar algo caliente para empezar el día?
-Café- dijo secamente el posadero sin mirarlo.
-Me parece bien.
El hombre puso una taza de lata arriba del mostrador. De la cocina a leña sacó una jarra de una de las hornallas y le sirvió algo negruzco y espeso.
Abe se arriesgó a un sorbo.
Conteniendo las arcadas lo devolvió a la taza, escupiéndolo.
-¿Azúcar?- preguntó.
-No hay.
-Como que me lo suponía- dijo entre dientes Abe.

III

Salió a la calle con el estómago vacío. En algunos lugares era imposible caminar por el barro. En una esquina se topó con una señora que vendía panecillos. Le compró dos. Masticando llegó al río. Dos niños se entretenían lanzando piedras al agua. Al verlo, ambos salieron corriendo.
Cruzó el puente y caminó hacía la colina. Se metió por el medio del campo para acortar el trayecto. El pasto alto y húmedo le mojó hasta la mitad de los pantalones y los zapatos.
Al llegar a lo alto buscó el lugar donde supuestamente debería haber estado la hoguera.
Encontró un círculo con el pasto más corto y de diferente color.
O eso creía.
Veinte años es mucho tiempo y capaz que su ansia de descubrimiento le hacía ver cosas que no estaban ahí.
Miró el bosque que se hallaba unos metros más allá.
Aquellos árboles eran excesivamente altos, y estaban tan juntos unos de otros que era difícil encontrar un lugar por donde penetrarlo.
Se acercó unos pasos.
De pronto, cayó en la cuenta de que el silencio que lo rodeaba no era muy normal.
No oía el canto de los pájaros ni de animal alguno pisando la hojarasca. Sentía la brisa acariciarle el rostro, pero el follaje de los altos árboles no se movían.
Se acercó otro poco más y puso su mano en el tronco de uno de ellos.
Estaba frío.
Realmente es algo escalofriante, pensó.
Tomó aire y se deslizó entre los árboles.
Al principio, quedó trabado unos segundos. Miró su pierna y la vio enredada en la maleza.
Tironeó un poco.
Y un poco más.
Ya creía verse atrapado allí, cuando al cuarto tirón su pierna se zafó y se encontró dentro del bosque.

IV

Al poco de caminar ya tenía sus manos y rostro cruzado por heridas de las ramas bajas de los árboles y de las zarzas.
Aunque era pleno día, dentro del bosque todo estaba envuelto en la penumbra.
Alzó la vista.
El follaje de los árboles se entrecruzaba en la altura, creando una cúpula verde, y ocultando la luz del sol.
De pronto, frente a él, se abrió una senda libre de obstáculos.
Apenas entró en ella, sacudiéndose la ropa, un grito espantoso lo sobresaltó de tal forma que cayó al piso y retrocedió con manos y pies hasta que su espalda chocó contra el tronco de un árbol.
Luego de eso, carcajadas.
Saliendo detrás de un arbusto que crecía al lado de la senda, apareció Macarena, riendo sin parar.
-¡Lo siento mucho!- dijo sin dejar de reír.
-No tuvo gracia- dijo enfadado Abe, levantándose avergonzado.
-¡Fue demasiado tentador como para dejarlo pasar! ¡Vamos! ¡Fue solamente una broma!
-No tuvo ninguna gracia- repitió Abe, pero no pudo disimular el temblor de sus labios curvándose en una sonrisa.

V

Caminaron juntos por la senda.
-¿Qué haces aquí?- preguntó ella.
-Ayer me causaste curiosidad al decirme que el bosque estaba embrujado. Quise venir a verlo por mí mismo.
-¿Y qué piensas?
-Es raro.
-No, no lo es. El bosque protege sus secretos.
-¿Qué pasó con la supuesta bruja?
-Ese es uno de los secretos del bosque.
-En la aldea dicen que es tu madre.
-¿Mi madre? ¿Y tú les crees?
-Bueno, dijiste que vivías en el bosque con tu madre. Pero en ningún momento dijiste si tu madre estaba viva o muerta.
-Así que has venido para averiguarlo…
-Soy escritor. Las historias de este tipo me fascinan.
-¿Escritor? Muy bien, escritorcito: te voy a dar una buena historia para escribir.

VI

La choza se mimetizaba con los alrededores volviéndola casi invisible. Una tenue columna de humo salía de su chimenea. En un rincón, Abe vio algunas gallinas y un cerdo. Y pastando tranquilamente a unos pasos de él, una vaca.
-Ella es Estela- dijo Macarena señalando a la vaca. La puerta de la choza se abrió y una anciana salió a recibirlos-. Y ella es mi madre- concluyó.

VII

Bebían té sentados a la mesa.
La choza era amplia por dentro y muy luminosa.
-¿Una porción de tarta, joven?- invitó la anciana.
-Gracias, muy amable.
-Abelardo es escritor, mamá.
-¿Escritor? Que interesante. ¿Ha publicado algún libro?
-No todavía.
-Abelardo me preguntaba sobre la bruja- explicó Macarena.
-Oh.
-Son las historias que a los lectores le gustan.
-¿De verdad? ¿A la gente les gusta esas historias tan terroríficas?- dijo la anciana sirviéndose más té.
-A la gente le gusta sentir miedo, señora.
-¿Y a usted también le gusta el miedo?
-No sabés como- susurró por lo bajo Macarena.
-¿Escuchó hablar de Edgar Allan Poe?- preguntó a la anciana, haciendo caso omiso del comentario de Macarena-. Es un escritor norteamericano que está haciendo furor en su país.
-Como comprenderá- dijo la anciana haciendo un gesto con su mano, abarcando todo a su alrededor-, por estos lados andamos medio escasos de noticias. No conozco a ese tal Poe, pero si conozco la historia de la bruja. ¿Le gustaría escucharla?
-Por supuesto- dijo Abelardo, dejando la taza de té sobre la mesa-. Me encantaría.

TERCERA PARTE
RESOLVIENDO MISTERIOS

I

-En ese entonces, yo era joven- comenzó la anciana-. Fue una época de gran sequia, la peor que se hubiera visto hace años.
-Ya estoy al tanto de eso.
-Entiendo. Usted quiere ir directo al punto.
-Si no es molestia.
-La historia pierde fuerza sin la introducción.
-La introducción no interesa. Vayamos a lo importante.
-¿Y qué vendría a ser lo importante?
-¡La parte de la hoguera, por supuesto!

II

-¿Estuvo en la colina en ese momento? ¿Pudo ver lo que sucedió?- preguntaba ansioso Abelardo casi al borde de la silla.
-La respuesta a ambas preguntas es “si”- contestó la anciana.

III

-La arrastraron por el campo a golpe y patadas. Llegó a la colina casi muerta. Clavaron un poste y la ataron con alambre de espino. Los demás echaban leña alrededor. Ella lloraba y gemía. Uno de ellos lanzó la antorcha y el fuego se hizo protagonista. Ella ya no lloraba. Ahora gritaba como nunca escuche gritar a nadie. Y el olor. El olor duró por semanas. Pero lo que tengo grabado en mi memoria es como la carne se desprendía de su rostro como si fuera cera derretida. Luego fue el silencio. No fue algo gradual, no: el último grito enmudeció de golpe.
La anciana calló unos segundos. Bebió un poco de té.
-Los aldeanos comenzaron a irse. Ya todo había acabado. Cuando todos estuvieron de vuelta en sus casas, una niña se acercó a la hoguera.
-¿Una niña?- preguntó Abelardo.
-Si, la hija de la condenada. Le pegaron duro en la cabeza, pero no la desmayaron. No era tonta. Se quedo quieta y esperó. Los siguió y vio todo desde las sombras del bosque.
-¿Y la niña la liberó y la arrastró al bosque? ¿Cómo pudo?
-Soy muy fuerte- dijo Macarena.

IV

Abelardo sintió la boca seca y una mano fría de espanto se posó en su nuca. Quiso hablar y no pudo. Macarena y la anciana lo miraban sonrientes.
-Interesante giro, ¿no cree?- le preguntó la anciana-. ¿Se siente bien? Lo noto pálido.
-Pe…pero usted debería estar muerta- logró articular Abelardo.
-Debería, pero no se olvide que soy bruja. No somos inmortales, no se confunda. Envejecemos como cualquiera y morimos de la misma manera.
-No entiendo.,
-El fuego no nos daña. Con un simple hechizo podemos dominarlo. Lo demás es pura actuación: algunos gritos; algunos toques de dramatismo, como la piel derritiéndose y todo eso, y la gente vuelve contenta a sus casas.
-Pero ella me dijo que en verdad no era una bruja, sino una mujer inteligente.
-¡Por supuesto que sí! ¿Pero ha tratado de explicarle a una turba enrarecida los secretos de cómo distribuir la poca agua que les queda? Es más fácil dejarlos hacer. Necesitaban un chivo expiatorio para calmar su ignorancia y yo les vine como anillo al dedo. Lo que no preví fue que Macarena viera todo. Siempre le oculté que era una bruja. Quería que llevara una vida normal. No como yo, siempre huyendo, escapando y volviendo a empezar. Tendría que haberla visto como me llevó hasta el bosque y me enterró. Me sentí tan orgullosa de ella.
-Yo estaba ahí, llorándola, cuando de pronto me llamó- continuó la historia Macarena-. Grité como loca y vi a las piedras moverse. Y de pronto, mi madre se hallaba sentada en la tumba, mirándome y sonriendo. Me desmaye. Y cuando me desperté estaba acá, en la choza. Desde entonces vivimos aquí. No me quise marchar, por más que mi madre así lo quería.
-¿Y los aldeanos?
-No nos molestan- dijo Macarena-. Luego de que intentaran quemar el bosque, y darse cuenta de que les era imposible, nos soportan.
-Entonces, de verdad el bosque esta embrujado.
-Por supuesto- dijo la anciana-. Solo entran quienes queremos que entren. Algunas veces los dejamos pasar para que cacen algo, pero son en contadas oportunidades. ¿Otra taza de té?
-Le agradecería.

V

-¿Cree que la historia les gustará a sus lectores?- dijo la anciana mientras le servía el té.
-Pienso que no me creerían una palabra.
-Entonces, ¿no piensa escribirla?
-No lo tomen a mal, pero debo serles sincero: ni Poe se atrevería a escribir algo así. Perdería credibilidad. Vivimos en un mundo en que mejor algunas cosas es preferible obviarlas.
-Creo que está en lo cierto. ¿Otro poco de té?
-Si, gracias.

33 comentarios:

  1. Adrián, no todo el mundo prefiere obviar los acontecimientos. La fantasía nace de la imaginación; eso sí, bajo el soporte del AMOR sea nimio o grandioso. Éste, único, no tiene calificativos; y, en su historia, no lo evita. Me grustó el relato por lo aleccionador,senzillo y completo. Andaré siempre atenta a lo que mande.
    Un abrazote de... Ángeles

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  2. Ángeles: Me encanta que le haya gustado. Es medio largo, pero no me daba para publicarlo en episodios.
    Yo tengo mucho AMOR. Por eso, ¡no sabe las de fantasias que tengo! ¡Unos ratones de puta madre!
    Besotes.

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  3. Me uno a los halagos. Un relato lleno de suspenso y misterio que nos atrapa por su ambientación y nos obliga a cerrar los ojos para recrear las escenas. En un tema bastante trillado y duro para innovar, tu historia destaca al lograr el objetivo basico de un buen escritor, hacer volar la imaginación del lector.
    Un abrazo Adrían, disfruto leyendo lo tuyo.

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  4. Walter: Bueno, me alegro que haya podido pasar un momento agradable leyéndolo. Esa es la idea, después de todo. Y para eso se creó este lugar: para dejar volar la imaginación y divertirnos.
    Un abrazo.

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  5. Las brujas solo somos mujeres sabias.
    Por eso los hombres ignorantes nos temen y combaten.
    Pero es muy difícil deshacerse de una bruja. jejeje
    Saludos a tutti cuanti!
    Andaba de viaje por el bosque. jua juaaaa

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  6. Me sumo a las palabras de Walter. Muy buen relato.
    Finalmente, me permito parafrasear a Lils:
    "Las mujeres sólo son brujas sabias".
    Y deshacerse de ellas es imposible. Yo llevo años tratando de que una termine de desaparecer de mi vida y no puedo conseguirlo, me sigue jodiendo.
    Que aproveche.

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  7. Don Henry, si me va a parafrasiar parafrasiemé bien, io no dije eso, ma bién todo lo contrario.
    Si lo sigue jodiendo no es sabia , es un incordio.

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  8. Es sabia, porque sabe cómo joderme pese al tiempo y la distancia. Un talento al servicio del mal, le aseguro.
    Por supuesto, también es un incordio, creo que de nacimiento, ahora que lo pienso.
    Un beso.

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  9. Lils: ¿Y cuándo vuelve? Al bosque, digo...

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  10. Enrique: ¡Ya somos dos, Enrique! Tendríamos que hacer como en el relato de la Patricia Highsmith, "Extraños en un tren".
    No sé, es una idea, nomás.

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  11. Enrique: No le busque la vuelta, Enrique. Discutir con una mujer es al pedo. Siempre terminan teniendo la razón.

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  12. Si yo ni le contesto, pero ella igual habla, y habla, y habla... ¿No sabrá usted dónde tienen el interruptor?, porque yo jamás lo he encontrado, y mire que busqué, ¿eh?
    Lo de la Highsmith es una idea, nomás, como usted dice, pero ¡qué gran idea!

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  13. Adrián, si fuera por mí volvería ya mismo. En ese bosque me atendieron de primera. Tenía piscina, yacuzzi y me servían sushi mañana tarde y noche y siete enanos...nop, ese era otro cuento.
    Ahora que YO lo pienso, consiganmén una socia genérica que acá estoy más sola que Yiya Murano a la hora del te.
    Don Henry le doy un dato: el interruptor se pone en funcionamiento al mostrar una tarjeta visa gold sin límite o un fajo de billetes. ¿Probó?

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  14. Lils: ¡A la pelotita! ¿Todo eso? Y dígame: ¿no hay lugar para un brujito? Yo algunas cosas sé. ¡Tengo un truco con baraja española de dié!

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  15. jajaja!!! (por los comentarios)
    !!! por el cuento. es verdad que es un tema difícil para innovar, pero lo logró. además los diálogos, como siempre, geniales.
    saluttes!!!

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  16. Y dele, yo lo llevo, pero para entrar tiene que pasar la prueba de la hoguera. :-)

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  17. Cla9: Es que yo no innové nada. Me pongo a escribir y boludeo.

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  18. Lils: ¡Apa! Mire, lo voy a pensar. Yo a la hoguera la respeto mucho, ¿sabe?

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  19. Ahá, es loco pero no come vidrio usté.
    Sabe que Adriancito? con esa frase del boludeo me acaba de hacer un click!
    Me acabo de dar cuenta que a veces me olvido que el objetivo de todo esto es BOLUDEAR...siiiiiii!
    Me había agarrado como un ataque de seriedad...y si algo evito en esta vida es la seriedad.
    Gracias por ponerme el despertador en el momento oportuno.
    No importa si no me entiende, yo me entiendo. :-)

    Y hablando de todo un poco ¿como venimos con el turnaje?

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  20. Aclaro: cuando digo "el objetivo" me refiero a MI OBJETIVO..eh?

    Besoooooooooos

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  21. Don Checho, lo tiró de las patas como dirían en ese pueblo donde me crié, mire que tengo sueño y ud. me mantuvo con los ojos abiertos hasta el final, lo parió!!!
    Muy buen relato, bueno, ya se lo dijeron los otros así que... no gua decirle más nada, eso sí, aclaro que yo soy bien bruja, no sé si sabia, pero bruja seguro jajajajajajajaja, besos

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  22. Anhir21: Bueno, pero ya pasó. Ahora se me acuesta y me hace noni noni, ¿me escucho? Que sueñe con los angelitos.
    Besos.

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  23. Lils:
    Probé con algo similar (Amex gold), pero ni así.

    Don Adrián:
    Ojo con la Anhir, que es más bruja que Cachavacha (pero mucho más linda).

    Besos, abrazos y cuchufletas.

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  24. Yo tengo tarjeta de Video Club. Alquile tres, pague dos. ¿Usted cree que servira para algo?
    ¿Y con Anhir en que quedamos? ¿Es linda o es Cachavacha?

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  25. Bueno, no sé si servirá para algo. Suporongo que dependerá del buen o mal gusto que tenga para elegir películas.
    No ponga de la Coca Sarli, que a las minas no le gustan, porque pierden al comparar tetamen.
    Tampoco ponga porno, porque pierde usté. Se lo digo por experiencia.
    La Jánir es una linda mina, pero, como ella misma reconoce, bastante brujilda.
    Un zoabra.

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  26. Hasta ahora nadie se quejó de mi elección de películas. Suporongo (el mío, no el suyo) que debo tener buen gusto.
    Y la Coca nunca me gustó, prefiero la Pepsi, que quiere que le diga.
    Sobre el porno, le doy la diestra. ¿De donde sacan a esos muchachos con manija? ¡Nacieron deformes, hermano!
    Y que Nahir sea brujilda, no interesa. Mientras sea linda, le damo pa' delante.

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  27. Ah, que bonito! todos de joda acá mientras yo sufro en lo del odontólogo, eh?

    Me gustó lo de sup... no, que dice, hombre!
    Es cierto, en las porno pierden ustedes. jaja!

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  28. Adrián:
    Perdone que lo corrija, pero cuando se habla del propio se dice "miporongo".
    No quiero enterarme de lo que hace usté con la siniestra mientras ofrece la diestra mirando una peli de ésas.

    Lils:
    Nosotros SIEMPRE perdemos, lo mire por donde lo mire. Al asunto, digo, no al suporongo... ¡uy!, me hice la picha un lío, como dicen en España.
    Usté perdone.

    Besos pa tuitos.

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  29. Mire don Henry, eso de que ustedes SIEMPRE pierden se lo discuto de acá hasta pasado mañana, suponiendo que el USTEDES englobe al género masculino, le digo que la que suscribe, al separase se quedó a cargo absolutamente de su numerosa prole, mienstras el denominado erróneamente "padre" quedó solterito y libre de compromisos. No obstante, no tengo dudas de que USTÉ sea de ese tipo de persona por el solo hecho de ser hombre.
    Besitooooooooos

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  30. quise decir "que usté NO es de ese tipo de personas por el solo hecho de ser hombre" :-)

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  31. Lils:
    Gracias por su juicio. Cuando me separé, mi numerosa prole (femenina en su totalidad) tenía edad y estaba en condiciones de autoabastecerse, de modo que ese no es mi caso.
    Sin embargo, le aseguro que, varios años más tarde, me siguen cayendo facturas por deudas prescriptas, inexistentes y que se me adjudican porque hay que adjudicárselas a alguien y yo soy el que está más a mano y usa calzoncillos. Como los chorros, que les cuelgan cuanto afano hay por ahí, hasta los que se cometieron en otro planeta.
    En fin, no me haga hablar, que estoy en el laburo.
    Un beso.
    Hablo por mí, yo siempre pierdo, hasta cuando tengo razón.

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  32. Enrique: ¡Hay que hacer la gran Patricia Highsmith, Enrique! ¡No queda otra!

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