14 may. 2010

VICISITUDES EN LA SOCIEDAD DE FOMENTO VII (FINAL) / LA FIESTA SORPRESA

I

Aunque parecía imposible, las quinientas personas entraron.
Estamos hablando de que entraron. De que estuvieran cómodas era otro tema.
La gente que se animaba a bailar, en vez de danzar, parecían estar en un pogo gigantesco: eran como un solo ente moviéndose de aquí para allá de tan apretados que estaban.
Las mesas se hallaban atiborradas de comida. Se mezclaba lo dulce y lo salado en miles de bandejas de varias formas y medidas.
También había bebidas. Los mozos y mozas contratados para la ocasión iban y venían llevando champagne, vino, cerveza, Gancia y gaseosas.
El Orlando no había escatimado en gastos.
Con Ernesto, Tito, Raúl, el viejo Ezequiel, Nahuelito, Melquiades, Miguel, José y Quique, copamos una mesa y no nos movimos más, salvo para ir al baño.
El baño era otro tema: el olor a orina era insoportable. Ya cuando entrabas al pasillo que llevaba a los sanitarios se te venía encima la baranda.
A Melquiades se le ocurrió echarle lavandina a los inodoros y mingitorios.
Grave error.
La mezcla un poco más nos mata a todos. Tuvimos que hacer correr el agua varias veces hasta que el aire fue nuevamente respirable. Terminé con los ojos llorosos.
-Mejor aguantarse el olor a meo, que morir intoxicados- reflexionó Ezequiel cuando Orlando se nos vino a quejar.
La hija de Orlando, Laurita, entró al salón a las once de la noche con un vestido blanco enorme y con muchos volados. Parecía la mina esa que le cortaron el marote en Francia.
Todos estábamos de traje y corbata, menos Melquiades que tenía moñito.
-¿De dónde sacaste el moñito, Melqui?- le preguntamos cuando lo vimos.
-Venía con moñito el traje.
-¿No es tuyo?
-No, lo alquilé.
Yo llevaba puesto el traje con el cual me casé. No le pude abrochar el último botón al pantalón, así que lo llevaba desabrochado, y cada dos por tres lo tanteaba para ver sino se habían saltado los otros botoncitos. En la época en que me casé, los pantalones eran con botones. Una bragueta llevaba entre unos cinco o seis botones. Había que ser rápido para desabrocharlos en una emergencia. He llegado a ver a machos, machos llorar de impotencia con la mitad de los botones desabrochados y los pantalones meados.
La corbata, a media hora de llegar, pasó a mejor vida en uno de los bolsillos del saco.
Con la entrada de la hija, Orlando pidió la palabra.
-Queridos amigos…- llegó a decir y se largó a llorar.
Taba emocionado el Orlandito. Y claro, no es para menos: no todos los días tu nena cumple quince años.

II

-Linda la fiestita- dijo Ezequiel en un momento-. Falta el elefantito y estamos hechos.
-¿Qué elefantito?- preguntamos sorprendidos.
-¡El elefantito!- se irrita Ezequiel- ¿Nadie vio la película con el elefantito? Esa de la fiesta. Se come la película el elefantito.
-¿Vos decís "la fiesta inolvidable"?- dice Melquiades.
-¿Hay un elefante en "la fiesta inolvidable"?- pregunto yo.
-¿Quién dijo "elefante"?- grita Ezequiel- Yo dije "elefantito". Simpático el elefantito. Orejudo.
 Los únicos casados en la mesa eran Raúl y Miguel. Sus esposas se encontraban sentadas un poco más lejos. Cuando ellos vieron que habíamos tomado posesión de un lugar para nosotros solos, no se que excusa le metieron a sus señoras y se vinieron.
Tuve que levantarme para bailar el vals con la nena. Nunca fui bueno para mover las patas. Aparte, con lo que había tomado, a la segunda vuelta quería devolver hasta el apellido. Algo habrá sospechado la pendeja porque empezó a mirarme raro. Capaz que fue ese tonito azul que empecé tomar lo que la avivó. Me dejó a un lado y siguió bailando con otro. Apoyé el culo contra el borde de una mesa y respiré varias veces profundamente. A la octava vez me sentí un poquito mejor y me arriesgué a ir hasta donde estaban los muchachos. Llegué casi trastabillando, pero de una sola pieza.
-Tomate este vasito de agua, abuelo- me dijo Melquiades.
-Abuelo, las pelotas. El problema es que mezclé las bebidas.
-Eso es de lo peor- dice José-. La mezcla te mata.
-Si empezaste con cerveza, terminala con cerveza- acota Quique.
-Si. No metás un champancito en el medio porque quedás culo pa’rriba.
-Yo un día me agarré un pedo padre mezclando Gancia con vino blanco- empieza a contar Ernesto-. A mitad de la noche se terminó el Gancia y le empecé a dar al vino. Me acuerdo que la Mecha me llevó a rastras a casa. Pobre Mecha, la vergüenza que le hice pasar.
-Me acuerdo de eso- dijo Ezequiel-. Fue en un asado. Sino me equivoco estábamos festejando el cumpleaños de Oscar. ¿Se acuerdan de Oscar?
-¿Oscar? ¿Oscar era el marido de Noemí?
-Ese mismo. Falleció el Oscar. Un ataque al bobo.
-Desde ese día, la Mecha me tuvo cortito cada vez que salíamos a alguna reunión.
Ernesto se quedó callado. Sostenía una copa de vino en la mano.
-Me cuidaba la Mecha- dijo en un susurro que solo yo y Raúl escuchamos.
Por debajo de la mesa le apreté la pierna. Ernesto me miró y sonrió.

III

A las tres de la mañana Christian se me acercó y me dijo que me buscaba alguien en la puerta. Me levanté y fuimos juntos.
-Son dos mujeres- me puso sobre aviso Christian.
-Ahhhh…
Llegamos a la puerta y apoyé la mano sobre el picaporte.
Christian seguía al lado mío.
-¿Qué pasa?- le dije.
-Nada.
-¿Y entonces?
-¿Vos queres que me vaya?
-¿A quién están buscando?
- A vos.
-¿Y entonces?
-¿No me vas a decir quien es?
-No.
Cuando Christian se perdió de vista entre la gente (aunque supuse que debería estar a pocos metros, cogoteando), abrí la puerta.
Una mujer de unos cincuenta y pico de años, más alta que yo (aunque todos son más altos que yo. Con los años me he ido achicando, parece), de rasgos suaves y muy hermosa, esa hermosura que sólo algunas mujeres logran llevar por toda la vida, que comenzaba desde los hoyuelos de su sonrisa y le hacía resplandecer los ojos.
La otra mujer era mucho más joven, pero el parecido entre ambas era evidente. No cabía duda de que eran madre e hija.
-Hola- las saludé.
-¿Usted es Saturnino? ¿Usted fue el que me escribió?- preguntó la madre.
-Si, yo soy Saturnino. Mucho gusto. Y si, yo fui quien le escribió.
-¿Están de fiesta?- preguntó la joven.
-Algo así- le contesté-. Les agradezco que vinieran. ¿Por qué no entramos? Hace frío.
-Todo esto es muy raro. La verdad, no sé que estoy haciendo acá- dijo la madre.
-¿Si, no es cierto? Pero vinieron y eso es lo importante. Vamos adentro y les explico.

IV

Volví minutos después a la mesa. Ernesto y José estaban contando chistes.
-Resulta que al tipo se le estrella el avión en el medio de la selva y lo agarran unos negros grandotes como montañas- contaba José-. Ahí nomás lo llevan para la aldea y se lo presentan al jefe. El jefe lo mira y le dice que tiene dos opciones: o lo matan o pasa una prueba de hombría y todo bien. El tipo elige la prueba de hombría, tampoco es boludo. Entonces vienen cinco minas en pelotas y se le ponen alrededor de él. Las minas estaban mortales: unas tetas, unos culos. Preciosas las negras. Y va el jefe y le dice que tiene que elegir una para que le chupe la pija. El tipo no lo podía creer.
-¿Tengo que elegir una para que me chupe la pija?- le vuelve a preguntar al jefe.
-Si- le dice el jefe.
El tipo duda, ¿viste? Se pregunta: “¿Y dónde está la joda?” Porque alguna joda debe haber, no puede ser todo tan fácil.
Entonces se acerca al jefe y le dice:
-Acá hay algo que no me cierra, jefe. ¿Cuál es la prueba de hombría? ¿Qué se me pare cuando me la chupen? Si es esa, desde ya le digo que se me va a parar seguro. ¿Usted vio lo que son estas minas? ¡Terribles yeguas!
El jefe lo mira y se sonríe.
-No, hermano. La prueba de hombría consiste en que de las cinco, tres son caníbales. Así que elegí tranquilo y que te aproveche.
-¿Hay que reírse, che?- pregunta Ezequiel-. Ustedes son malísimos para contar chistes, dejate de joder.
-Che- digo yo, sentándome-: ¿alguno me hace la pata? Invite a una vieja amiga…
-¿Vieja amiga?- me interrumpió Ernesto.
-Si, una vieja amiga. Me gustaría bailar con ella, pero me pidió que le consiguiera pareja a su hija.
-¿A su hija?- volvió a la carga Ernesto- No me digas, Saturnino, que anduviste teniendo alguna aventura extramatrimonial por ahí.
Todos rieron.
-No sean pelotudos- me sonreí yo también-. Es una buena amiga que hace tiempo que no veo.
-Que te acompañe Quique- dice Ernesto-. Ese te va a hacer quedar bien.
-Yo paso- dice Quique-. Ya baile demasiado.
-¿Raulito? ¿Me hacés la pata, Raulito?
-¿Tas en pedo? Me llega a ver mi jermu bailando con otra y me castra. Andá vos, Tito.
-¿Yo?- abrió los ojos grandes Tito-. No, yo no. Perdoname, Saturnino, pero soy de madera para bailar. Le voy a llenar de moretones los pies.
-¿Ezequiel?- pregunté.
-Creo que si me paro me caigo- fue sincero Ezequiel.
Miguel estaba en la misma que Raúl. José, igual que Nahuelito, ya estaban en la pista. Nahuelito bailoteaba bastante bien al lado de una morocha.
Lo miré a Melquiades.
-Melqui…
-Ni en pedo.
-Dale, Melqui, no seas hijo de puta. Un baile. Sólo te pido un baile.
-Dale, Melqui- dijeron los otros-. Hacele la gamba que a lo mejor hoy coje el viejo.
-Aparte- agregó Ezequiel-, mirá la carita de súplica que te pone, Melqui. Parece uno de esos perritos de orejas largas.
-¿Dónde están?- preguntó Melquiades mirando a su alrededor-. No sea cosa, viejo, que sea un bagarto.
-No es un bagarto, Melqui. Y están sentadas en una de las mesas alrededor de la canchita.
-Si llega a ser un bagarto, me rajo.
-Ya te dije que no es un bagarto.
Melqui se levantó de la silla y se enderezó el moñito.
-Sacate ese moñito, Melqui- le dije mientras caminábamos-. Me vas a hacer pasar vergüenza.
-El moñito venía con el traje. El que me lo alquiló me dijo que da un toque varonil.
-Pero yo estoy sin la corbata y con los primeros botones de la camisa desabrochados. Ponete a la par mía, Melqui.
-Ta’ bien. ¿Y dónde lo pongo al moño este?
-En el bolsillo del saco. Ahí no se va a notar. Dale, apurate que ahí están.
-¿Dónde?- logró decir Melqui para después quedarse completamente mudo.
Palideció repentinamente y no avanzó más.
Delante de él la tenía a Leticia, la joven de la foto de la billetera.

V

Como Melqui se quedó medio atontado, Leticia se acercó a nosotros. A la vez que se acercaba, más roja se ponía. Melqui abría y cerraba la boca sin emitir palabra.
-Dale, Melqui- lo codeé-. Decí algo que parecés un pescado.
La que terminó hablando fue la hija de Leti.
-Hola- dijo-. Un gusto conocerlo. Mi mamá me habló mucho de usted. Me llamo Ayelen.
-No lo puedo creer- articuló al final Melquiades-. De verdad no lo puedo creer.
-Bueno, yo tampoco- dijo Leti-. Mirá que forma de volver a encontrarnos.
-Pero, ¿cómo supiste?- preguntó Melquiades.
-El señor Saturnino se comunicó conmigo- me señaló a mí.
-Saturnino a secas- la corregí-. El “señor” está de más.
-Pero, ¿por qué?- seguía preguntando Melquiades- ¿Por qué, Saturnino?
-Porque hay veces que en la vida hay situaciones que quedan truncas por diversos motivos y se llevan por el resto de los años como una espina molesta- le contesté a Melquiades-. No es que quiera compararla a usted con una espina- le dije a Leticia-. Pero si hubiera visto como miraba su fotografía y narraba con tanto detalle como se conocieron, se habría dado cuenta hay cosas que perduran para siempre.
Quedamos los tres callados por unos instantes. Luego, Leticia preguntó:
-¿Es verdad lo de la foto?
Melqui metió la mano en el bolsillo y sacó la billetera. La abrió y se la alcanzó a Leti. Ella se observo en aquel espejo de años pasados y sonrió.
-Me acuerdo de esta foto- dijo.
-Si- fue lo único que respondió Melqui mientras Leti le devolvía la billetera.
Hubo otro silencio hasta que Ayelen la apuró a su madre.
-Dale, ma…
Con los cachetes rojos de la vergüenza, Leticia abrió su cartera y revolvió dentro de ella. Sacó una agenda y buscó entre sus hojas.
-Ahí está- metió el dedo su hija entre las páginas.
Era una foto.
En ella había un muchacho. Sonreía y saludaba a la cámara.
Le alcanzó la foto a Melquiades y este la miró.
Y de repente, así como así, ambos se largaron a llorar y se abrazaron.

VI

La cosa no fue tan complicada. Con Ernesto nos fuimos a un ciber y le explicamos al muchacho que atendía lo que queríamos hacer: buscar a una persona.
-No es muy difícil- dijo él-. Lo primero sería buscar en alguna red social.
Ernesto y yo nos miramos.
-¿Y eso qué es?
El muchacho nos explicó que en internet existen varias redes sociales en donde la gente interactúa con otras personas y suben fotos, videos y boludeces varias.
-Se ingresa el nombre y apellido en el buscador de personas y listo. Si está inscripto, salta seguro.
El problema era que sólo conocíamos el nombre: Leticia.
-Eso es más complicado- nos dijo el muchacho-. Con el nombre solo pueden saltar millones de Leticias.
-¿Y ahora qué hacemos?- me dijo Ernesto.
-¡Y que se yo!
Todo parecía irse al tacho, pero de pronto algo se me vino a la cabeza.
-Melquiades dijo que tenía una hermana.
-¿Tiene una hermana, Melquiades?
-Si. ¿Cómo me dijo que se llamaba?
-¿Y de qué te va a servir saber el nombre, si lo importante es el apellido?
-Es que el apellido lo sé- dije triunfante-: es el mismo que figura en el contrato de alquiler de Melquiades.
-¡Tenes razón!- dijo Ernesto- ¡Yo soy un boludo atómico! ¡Dale, hacé memoria y acordate como se llama la hermana, che!
¿Cómo mierda se llamaba la hermana? ¿Carolina? No, Carolina no era. Era algo más corto. ¿Clara? No, no me suena Clara. ¿Carla? ¿Era Carla? Ese podía ser. Carla. ¿Había dicho Carla cuando contó la historia? Y si no era Carla, era muy parecido. ¿Qué se parece a Carla?
-Che, ¿qué se parece a Carla?- le pregunté a Ernesto.
-¿Qué Carla?
-Ninguna Carla. Te pregunto sobre un nombre que suene parecido a Carla.
-Claudia- dijo Ernesto-. Claudia suena parecido.
-¡Es ese!- lo palmeé a Ernesto- ¡Claudia se llama la hermana de Melquiades!
El muchacho ingresó el nombre y apellido y le mandó “buscar”.
Había cinco.
-¿Y ahora?- le pregunté.
-¿Algún otro dato? ¿Saben donde vive?
-No.
-Entonces habría que contactarlas.
-¿Y eso cómo se hace?
-Les mandamos a las cinco una pregunta para ver si es la persona que buscamos.
-Es buena esa- dije yo.
-¿Y qué le decimos?- dijo Ernesto.
-Le preguntamos si tiene un hermano llamado Melquiades- le contesté-. ¿Cuántas pueden tener un hermano que se llame Melquiades?
Ernesto se sonrió.
-Una sola y gracias- dijo.
El muchacho se tomó el trabajo de mandarle la pregunta a las cinco.
-Vengan mañana que seguro alguna respuesta habrá.
Nos fuimos caminando hasta la sociedad. Ernesto me bombardeaba a preguntas.
-Y si te contesta, ¿qué hacemos?
-Nos presentamos y le preguntamos si conoce a Leticia.
-¿Y si no la conoce?
-¿Cómo no la va a conocer? En esos pueblos se conocen todos. Capaz sabe algo de ella. Que se yo: donde vive ahora, si se casó, esas cosas.
-¿Y si se murió?
-¿La hermana de Melquiades?
-No. Leticia, digo.
-Que pesimista de mierda que sos, che. Pensá positivo, hermano.
-Yo digo, nomás.

VII

-Una contestó- nos dijo el muchacho del ciber apenas entramos-. Me dejó su mail.
-¿Qué dijo?- pregunté.
-Que sí, que tiene un hermano que se llama Melquiades. Pregunta si son del pueblo.
-¿Se le puede responder ahora?
-Claro- dijo el pibe-. ¿Qué quieren que le ponga?
En el mail nos presentamos debidamente y le contamos lo que queríamos llevar a cabo. Afortunadamente nos contestó que la conocía a Leticia. No recordaba el apellido, pero conocía a alguien cercano a ella. Nos dijo que la dejáramos averiguar y nos diría luego.
Al otro día las noticias no pudieron ser mejores: había conseguido su mail y hablado con ella. Nos dijo que se sorprendió mucho.
Nos pasó el mail y nos deseó suerte.
Lo primero que había que averiguar era si estaba casada. Si lo estaba, la sorpresa sería a medias.
Le contamos quienes éramos, le contamos sobre la foto y sobre la historia que nos contó Melquiades. Le dijimos también que Melquiades se había casado, que tuvo tres pibes y que enviudó. Y que ha pesar de todo eso, nunca la había olvidado.
Ella nos dijo que estaba divorciada, con una hija y que vivía en Entre Ríos.
Le contamos lo que teníamos planeado.
Nos dijo que estábamos locos.
Le dijimos que valía la pena.
Nos dijo que todo esto la ponía nerviosa.
Le dijimos que a nosotros también.



Epílogo

-Apurate que vamos a llegar tarde.
-No me apurés si me queres sacar bueno.
Frente al espejo me acomodo el traje. Es nuevo. La ocasión lo ameritaba.
Ernesto está a mi lado. También viste un traje. En la solapa lleva prendida una rosa.
-¿Cómo me veo?- le pregunto.
-Como un viejo choto dentro de un traje excelente.
-Ya te gustaría a vos tener esta pinta.
-Dale que no llegamos.
Tomamos un taxi en la esquina y minutos después nos deja en la puerta del registro civil.
-¡Dale, che!- nos dice Raúl desde adentro-¡Dale que ya entraron!
Entramos al recinto y todos se dan vuelta para mirarnos.
-Perdón- digo-. Mucho tráfico.
-¿Ya están todos?- pregunta la jueza.
-Si- dice Melquiades, guiñándome un ojo. A su lado, Leticia se sonríe y me saluda con su mano-. Ya puede empezar.

7 comentarios:

  1. Mira que esperé este post porque sabia que era el ultimo de la sociedad de fomento, y sabia que podías salir con cualquiera pero la verdad me sorprendió y me encanto!

    No existe otro autor que haga lo que vos cuando te leo me rio como condenada y lloro con angustia y profundidad, de verdad creo que sos muy buen tipo y un excelente escritor.

    De verdad te felicito... quede encantada con este post.... Melqui se merecía terminar con ella y los amigos... de fierro....

    Adrián, no dejes de deleitarnos con estas cosas plis... ni dejes que pase por el síndrome de abstinencia.
    Besos!

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  2. ootra vezzzzzzz.... pero puede ser.. y yo recién maquiyadaaaa...!!!! tendría que analizar esto que me hacen yorar tus escritos... ya veré.
    hermoso final, magnífico transcurso. lectura fácil que te sorprende con profundidades inesperadas. eso debe ser. genial adrián!!!

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  3. Adrián, en la oficina están intentando dilucidar cuál es la mala noticia que antes parecía ser divertida y... los tengo confundidos, los parió, valió la pena la espera, muy bueno, como siempre, le mando besos en la frente y espero el próximo escrito!♦

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  4. Clap Clap,Katrina de claps. Grande Adrian, cada parte ,cada situación, cada diálogo. Te felicito por esta deliciaa pesar de que anunciaste, espero no sea la despedida. Saludos. Un final estupendo.

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  5. Sacarse el sonbrero es poco Adrian...Deliciosa historia de principio a fin. Lastima que termino. Me tenias agarrado...

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  6. Adri, realmente magistral. Me conmueve que Melquíades haya tenido su segunda oportunidad, y...también, con esos amigos!!!
    Besotes., Un lujo esta saga, un lujo!

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  7. Agradezco infinitamente la buena acogida que tuvo la saga. La verdad, me divertí mucho haciéndola. Y aunque ahora estaré ausente un tiempo, prometo volver con cosas nuevas.
    Un beso para todos y saben que los quiero.

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