12 oct. 2010

El Choripán Intermitente


Era una tarde de sábado en primavera. Andaba por Parque centenario, aprovechando el clima agradable de la hora de la siesta. El parque estaba lleno de gente que va de acá para allá, paseando y comprando por los puestos de la feria. A eso de las tres me di cuenta de que me picaba el bagre. Todavía no había almorzado.
En la feria del Parque Centenario se puede conseguir de todo. Ropa, juguetes, artículos de colección, libros, herramientas, artesanías, discos, lo que se te ocurra. Menos comida. Caminé bordeando Ángel Gallardo hasta Patricias Argentinas y cuando estaba frente al hospital Aeronáutico me cansé y me mandé p’al medio del parque. Ese suele ser el costado más tranquilo, incluso en días de feria. Cuando hice unos cincuenta metros me encontré con un puesto de choripanes. Al principio me pareció que estaba vacío, unos segundos después vi a la mujer que atendía en su interior.
Era un puesto de chapa, cerrado. Tenía una pequeña parrilla y una chimenea con tiraje. La mujer estaba metida adentro de la estructura. En el pequeño mostrador (si es que se puede llamar así) había un tarro con salsa criolla, otro con chimichurri y un tercero con algo que no podría definir pero que era puro ají molido. Me acerqué y le pedí un chori.
La mujer era amable, de edad indefinida, y llevaba puesto un delantal azul cubierto e grasa. El detalle del pañuelo en la cabeza es digno de mencionar, al menos no metía los pelos en la parrilla. No sé si hubiese aprobado una inspección de Bromatología. No lo creo, en realidad.
-Los de la panadería me trajeron cualquier pan –me dijo-. No entienden que para choripanes se usan milonguitas. Y frescas. Tenés que cuidar esas cosas si querés que la gente vuelva. Lo importante es que la gente vuelva. ¿Criolla o chimi?
Criolla, gracias. Le puso una generosa cantidad a mi chori y después agarró un rollo de cocina que estaba atrás de ella y quiso agarrar una servilleta, pero sacó cinco o seis. Con el chori en la mano las volvió a enrollar y cortó una sola. Envolvió el chori en ella y me lo dio.
Hasta entonces jamás había probado un choripán tan rico como ese. Le di las gracias y me fui caminando hacia el lago mientras lo comía. Era grande, generoso, tenía el equilibrio justo entre sabor y picante y no chorreaba. En cuanto lo terminé supe que iba a volver.
A la semana siguiente se me ocurrió volver a Parque Centenario. Paseé por los mismos puestos, caminé las mismas veredas y me crucé con la misma cantidad de gente. Y cuando se hizo la hora rumbeé p’al medio del parque a buscar mi choripán. No encontré el puesto de la señora. Lo que es peor, ni siquiera encontré el camino por el cual el puesto se hallaba. Era simplemente como si hubiesen extraído esa parte del Parque y la hubiesen reemplazado por pasto, árboles y esas cosas que se suelen encontrar en las plazas. Caminando llegué hasta Díaz Vélez donde termina Otamendi, y entre un puesto de vasos de colección y otro de arañas viejas había una parrillita tambor donde también hacían choripanes. Pero eran como cualquier otro que hubiese comido antes. No me sorprendían, ni por tamaño ni por calidad. Y el estado higiénico de la parrilla más valía ignorarlo o el chori me iba a patear el hígado peor todavía, si cabe. De la señora, ni rastros.
Volví a ir varias veces a Parque Centenario esa primavera. En cada una de esas oportunidades busqué infructuosamente el puesto de choripanes de la señora de delantal y pañuelo en la cabeza. Al final me rendí, por supuesto. Imágine que habría muerto, o se había ganado la lotería y dejó de ganarse la vida vendiendo choripanes, o que simplemente se dio cuenta de que el puesto estaba en un lugar de mierda dentro del parque y se mandó mudar quién sabe a donde. Durante los años siguientes comí muchos choripanes en diversos lugares. En la cancha, en asados, en parrillas, hasta me fui a la Costanera Sur en busca del choripán perfecto. Era inútil. El choripán perfecto lo había probado en Parque Centenario aquella tarde y ahora incluso dudaba de si en realidad no lo habría soñado.
Más o menos quince años después una tarde de miércoles (en todo sentido), en mitad del invierno, volví al Parque Centenario. Mi hijo mayor había muerto en el Aeronáutico y yo salí del Hospital a tomar aire. Mi hija se estaba ocupando del papelerío desagradable que rodea a cualquier muerte y yo podía permitirme huir de los cuervos para sufrir mi dolor en paz. Entonces lo vi. Estaba tal cual la primera vez, en el mismo camino perdido, con la misma parrilla y la misma chimenea. Podría jurar que hasta las manchas de grasa del delantal de la señora eran las mismas. Podría jurar que incluso las arrugas en su rostro no habían cambiado.
-Buenas –le dije-. ¿Me da un chori?
-Como no –me contestó-. ¿Criolla o chimi?
-Criolla, gracias –elegí. Ella tomó un pan, lo cortó y lo puso en la parrila junto al chori abierto. Era una milonguita.
-Hace mucho que no la veía. Una vez hace años le compré un chori. El mejor que probé en mi vida. Usté me dijo que usaba milonguitas porque con esas cosas se aseguraba que la gente volviera. Pero yo quise volver un montón de veces y jamás la volví a encontrar.
-Yo siempre estuve acá, nunca me moví. Creo que me deben tener inventariada con el parque. Sin embargo, al parecer funcionó. Usté está acá. Volvió.
Iba a replicarle algo, pero me di cuenta de que tenía razón. Tarde o temprano, estaba de vuelta. Así que decidí hacer algo de provecho con mi boca en vez de hablar boludeces y me dispuse a saborear el chori que ahora ella me entregaba, correctamente envuelto en una servilleta de rollo de cocina.
Seguía siendo el mejor chori que probé en mi vida.

3 comentarios:

  1. Yo querooooooooo!
    Pero no estoy segura de poder encontrar el puesto ese. Es medio mágico el chori intermitente.
    Ay, que ricoooooooooooooo!

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  2. MUY BIEN NARRADO , ME ENCANTO !!! Y MIENTRAS LEIA HASTA SENTI EL SENTI EL AROMA DE ESE CHORI !! FELICITACIONES !!

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  3. Gracias... hoy estaba antojada... en fin.
    Besos Mau

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