14 jun. 2011

El dos de oro

El dos de oro

-¡Ruso! ¡Ruso! Vení para acá, ¡Ruso! ¿Qué te pasa?

El Ruso corre por el costado de la vía como enajenado, como si hubiera visto algo o a alguien conocido. Corre ágil como si se le hubiera pasado de golpe la vejez, la renguera y la casi ceguera. El Ruso es un cusco mediano, raza perro, que alguna vez fue todo pelo y que tengo desde hace mucho.

-Ruso y la puta que te parió-. Piso mal y me tuerzo el tobillo y encima lo pierdo de vista justo donde los rieles hacen una curva cerrada, como 20 metros más adelante. Por ahí donde las vías se ensanchan y se multiplican y sirven para que las locomotoras hagan combinaciones. Un poco después de la avenida donde están todos los talleres del automotor y eso. ¡Me lo van a cagar pisando!-, pienso

- ¡Ruso! ¡Ruso! No me vuelvas loca, pichu, dale, volvé. -. Digo despacio como si él pudiera escucharme.

De pronto lo veo en la entrada a un taller. Le mueve la cola a un hombre que se agacha para acariciarle la cabeza. El Ruso actúa como si lo conociera. No lo conozco.

- Hola-. Digo esperando que el Ruso se de vuelta y de señales de que soy la dueña. Pero no. Está fascinado con el hombre que lo acaricia.

- Hola. ¿Qué necesitás?-. Me dice el hombre que sigue jugando con el perro y sin mirarme.

-Estee…soy la dueña del perrito. No se que le pasa, se me escapó, me trajo corriendo hasta acá. Es algo que nunca hace, es raro. ¿Ruso? -. Digo con la voz casi quebrada ante la indiferencia del ingrato.- Encima me torcí el tobillo, ay, como me duele, la p…

Recién entonces él me mira. Él el hombre, no el perro. Me mira con unos ojos celestes celestes celestes como hace rato no veía. “El dos de oro” pienso y no se de dónde me sale ese pensamiento.

- Hola. Estás temblando, pasá, vení, ponete al lado de la salamandra que así te calentás un poco, ahí te traigo una silla. ¿Querés un mate? -¿Tan mal estoy para merecer tanta amabilidad? Pienso pero no abro la boca.

Tiene barba entrecana de tres días y un gorrito tejido del que sobresalen algunos mechones de pelo que seguro es rubio. Pese a los ojos tan claros tiene la piel bronceada, más que bronceada, curtida, y las manos…las manos son ambiguas. No podría decirse que son las de alguien que hace un trabajo rudo, pero tampoco son de un oficinista. Tiene un jean con varios días de uso, camisa escocesa de lanilla, borcegos de cuero. Pilchas de laburo. El Ruso no deja de hacerle fiestas y seguirlo a todas partes.

-¿Te conozco de algún lado? O me hacés acordar a alguien, no se. - Puede ser- , me dice. - ¡¿Pasás siempre por acá? Yo tengo este taller hace poco. – No, no, de otro lado-. Le digo. - Ah, bueno, mirá como se te hinchó ese tobillo! Si querés te lo vendo. - ¿Sabés algo de esto? ¡Me muero!, justo hoy tenía que pasarme esto…¡Claro!-, me paro en seco- ya se a quien me hacés acordar. ¡A mi viejo!. Le decían “el dos de oro” por los ojos, viste. Ojazos. Tenía los ojos más lindos que vi en mi vida. Qué loco. El Ruso tenía adoración por él.

- Disculpame-, le digo sonándome la nariz después del arranque de llanto - en estos días me pongo hipersensible, viste. Por el bendito día del padre, que aunque trato de no darle bola…

-Hay cosas que nunca vamos a superar-, me dice- y a lo mejor esta bien eso. Está bueno para que no nos olvidemos…

Claro, la muerte de mi viejo es una de esas cosas que nunca voy a poder superar. A veces me cuelgo pensando y pidiendo una señal. Si al menos tuviera una señal, no se, algo a qué aferrarme, algo que me confirme que algún día en algún lugar nos vamos a encontrar. Que lo voy a volver a ver… Que no se terminó todo acá. No se, digo pavadas, no me hagas caso.

Nos quedamos un rato largo charlando en el taller y tomando mate con el perro durmiendo panchamente a sus pies. Cuando se ofrece a llevarme a casa el Ruso se vuelve a comportar raro. Se sube solo al auto ni bien se abre la puerta. Se instala en el asiento trasero y mira por la ventanilla. Jamás en la vida pude hacer que el Ruso se suba a un auto.

Me levanto mucho mejor. Es lunes, ya pasó. El dolor del tobillo también pasó. Me acuerdo del hombre del taller y que no le pregunté como se llama ni le pedí el teléfono. Bueno, para ser honesta él tampoco me dijo nada. Tengo que pasar a agradecerle, me hizo tan bien, mucho más la charla que el vendaje, claro. El Ruso se va a poner contento. Lo llevo al garaje y le abro la puerta del auto para que suba. Nada, ni bola. Le pido que suba, lo empujo, lo reto, nada. Se plantifica sentado en el piso y me mira como si yo estuviera loca.

Está bien, ganaste, le digo. Vamos caminando, está lindo el sol.

Antes de llegar a la curva, ahí donde las vías se bifurcan para que las locomotoras hagan cambios, el Ruso se pone a gemir. Primero gime, después ladra, por último aúlla. Se adelanta un poco y vuelve gimiendo, como si quisiera decirme algo. Olfatea el camino, corre hasta la vereda, vuelve a olfatear y gime. Torea, gime, aúlla.

Cuando llego adonde debería estar el taller me doy cuenta: no hay taller. Debe ser en la otra cuadra, pienso. –Señor, un taller mecánico con una persiana metálica verde, por acá. – No, no creo, no. Acá nunca hubo un taller así-. Me dice el quiosquero con seguridad. – Pero-, insisto- un taller que atiende un hombre de ojos celestes celestes, como de cuarenta, con un gorrito de lana que…-.No, no, estás confundida, me dice el quiosquero un poco fastidiado.

No es en la otra cuadra, ni en la otra, tampoco en la anterior. Lo se porque el Ruso se queda plantificado justo justo en el lugar donde debía estar el taller. Donde estaba ayer. Donde estuvo por unas horas para darme una respuesta, un toque de ángel y desaparecer.

El Ruso me mira directo a los ojos y se calma. Entiende que yo ya entendí. Y me acompaña caminando despacito de vuelta a casa. Curiosamente, ni él ni yo rengueamos ya.

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