12 ago. 2011

La señora de Pérez


No me acuerdo del nombre completo de la señora de Pérez. Era un nombre poco usual para cualquier tiempo. Lo que recuerdo es que cada vez que mamá la nombraba hacía un mohín que indicaba que algo no estaba del todo bien. Mamá tenía usaba códigos gestuales para el sarcasmo, muy sutiles, para ser captados únicamente por la familia. Lo cierto es que si fuera hoy, la señora de Pérez se pondría unas calzas atigradas sin preocuparse por estar algo excedida de peso y sujetaría sus rulos rubios artificiales con vinchas y hebillas de colores flúo e iría a la carnicería del pueblo maquillada como para protagonizar una ópera. Así me la imagino, reconstruyendo con fantasías lo que se me olvidó.
El exceso decorativo, por decirlo de alguna manera, de la señora de Pérez, no terminaba en su look personal. Su afán por decorar la casa llegaba hasta el alero de tejas, que soportaba el peso de toda una familia de enanos de yeso y una manada de elefantes de todo tamaño, conviviendo con docenas de floreros con flores artificiales que, aquí y allá se desteñían verano tras verano. La capillita de la virgen de Luján en la entrada, un clásico, lucía velas encendidas a todo trapo. En el living casi no quedaba lugar para humanos, todo estaba copado por almohadones, mantelitos, cortinas, cerámicas de todo tipo, tamaño y color, jarrones, gatos y carpetitas de croché. Un anticipo de lo que varios años más tarde habría en el depósito de un negocio de todo por dos pesos.
La señora de Pérez, la del nombre y el vivir exótico, les había puesto nombres de lo más comunes a sus dos hijos varones: José y Juan Carlos.
Lo cierto es que la señora de Pérez fue mi primera suegra y como tal, una experiencia inolvidable. El hecho de que la recuerde más a ella que a su hijo dice bastante de esta historia. Claro que lo de "novios" fue una calificación unilateral, ya que entre él y yo no hablamos del tema ninguno de los doscientos días en que volvimos juntos a casa después de la escuela durante el primer grado. Que eso fue todo.
Eso y lo del cumpleaños, que fue bochornoso.
Nunca había ido a otros cumpleaños que los de mis primos o primas, así que fui, con la timidez propia de los siete años y la mía, que no era poca. La señora de Pérez estaba exultante sobre sus tacones y por la rosácea en su cara deduzco -ahora- que se había tomado algún licorcito de los muchos que coleccionaba y exhibía alineados en la parte superior del bargueño. Entonces tuvo la brillante idea: ni bien terminamos de cantar el feliz cumpleaños, la señora de Pérez pidió silencio, me tomó de los hombros y anunció, delante de treinta desconocidos y varios compañeros, que yo era la novia de su hijo. Tengo el aturdido recuerdo de que adornó el anuncio hablando de mis virtudes, mientras me zamarreaba y me tomaba de la barbilla diciendo "¿No es una muñequita? "
Supongo- ahora- que la señora de Pérez se habría quedado con las ganas de tener una hija y una oleada de compasión y empatía me recorre. Pero en ese momento la quería ahorcar con su pañuelo de seda floreado. Lo pensé, antes de salir corriendo a campo traviesa para refugiarme en los brazos de mamá, que, discreta como era, no insistió mucho en saber que me había pasado.
Por suerte era noviembre, ya habían terminado las clases y Juan Carlos no iba al club. Al año siguiente busqué un camino alternativo para volver a casa después de la escuela. Y me enamoré de Carlos Alberto, el único huérfano del grado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario