22 ago. 2011

Ambiniestro


Era incomodo vestir un Balenciaga negro, a esa hora de la tarde, en ese antiguo deposito, devenido a atelier, pero más lo era ese tipo, desalineado, que la miraba fijamente desde largo rato, sin decir una palabra, solo viéndola, por momentos de manera contemplativa y desdeñosa y por otros, como si la desnudara, como si el raso se pudiera hacer jirones sin tocarlo, hubiera salido corriendo, si no fuera por los reproches y burlas que, sin dudas, recibiría de su esposo, aquel que había acordado la ejecución de su pintura por el reconocido artista, ese del cual, ya tenían una pintura en su mansión, formando parte de la basta colección de belleza de la que ella se sentía parte también, posiblemente, retratarla no era más que otra manera de exhibirla para su marido.


A un par de metros de ella, un lienzo en blanco que también parecía esperar, aburrido, alguna definición por parte del pintor, todo dentro de ese mugriento universo, estaba en vilo de la manifestación ese dios de la plástica. 


Casi apoyado contra la pared con las manos detrás de su espalda, inmóvil, como cuando era castigado en el colegio por usar su mano izquierda para escribir, lo cual terminó dándole el don de poder pintar con ambas manos. Quieto, como se quedaba cuando su madre lo sermoneaba por haber sido castigado en el colegio. Detenido, como estuvo días enteros después de haber sido capturado en el puerto de Alicante al fin de la guerra. Paralizado, como cuando esperaba las duras criticas de su profesor de arte, en aquella Francia que acogió a los perdedores de la utopía vecina de los años 30.

Maldijo el momento que aceptó la propuesta del banquero, maldijo el absenta, tomado con el dinero bebido por la sed de la necesidad de beber sin sed, pero era tarde para lamentarse.

La espátula, tan brillante, que puesta en otro lugar que no fuera oculta entre sus manos, hubiera desentonado con el resto del paisaje, iba de la mano derecha a la izquierda, sabiéndose la herramienta ejecutora del desenlace, fuera con la mano izquierda, deslizándose por el lienzo, cargada de negro marfil o que la derecha la incrustara entre los hilos del raso del Balenciaga buscando el rojo carmín garanza.

1 comentario:

  1. Propiamente una pinturita. ¡Excelente, amigo Yipper! Como me gusta su ductilidad en el estilo

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