11 oct. 2009

Bocas


Fue un sábado que llovía a mares después de una gran sequía. El olor a tierra mojada me llevó a sentarme bajo el alero para ver el espectáculo.

Francisca, que había estado mirando la cortina de agua como hipnotizada, se levantó de pronto y se metió en la cocina sin decir palabra. Al rato un olor frito se impuso sobre el olor a lluvia y me hizo levantar, con ganas de preparar el mate.

Cuando entré a la cocina, me sorprendió la cantidad de tortas fritas que estaba preparando y cuando le pregunté para que tantas si éramos nosotros dos solos me contestó escuetamente: Por si viene visita.


No quise ser descortés con Francisca pero a la estancia ya no venían visitas, creo que desde que me instalé acá para escribir después de la muerte de mis padres, sólo vinieron Jaime y Pedro, dos amigos españoles y después nadie más.


Francisca había servido a la familia por más de cuarenta años, había visto nacer y morir a unos cuantos. Conocía como nadie la historia familiar, por eso su frase sonaba tan descolgada.

Adjudiqué a su vejez el desvarío de Francisca, pero cuando vi lo que hacía después de freír las tortas empecé a pensar en la posibilidad de consultar a un médico y darle la jubilación.
Guardaba las tortas en una bolsa de nylon que cerraba herméticamente, les ponía rótulos con la fecha del día, y las acomodaba en los estantes más altos de las enormes alacenas de madera rústica de la cocina. Desde ese momento ya no me atreví a preguntarle nada más.

Durante la semana nada raro volvió a suceder. Actuaba con normalidad y hasta se la veía más contenta que de costumbre. Pero el sábado siguiente, mientras escribía en mi habitación, el olor a frito impregnó la casa otra vez.

Bajé en el momento en que acomodaba la última bolsa en la alacena y me miró con satisfacción.

-Francisca, me parece que estás exagerando un poco ¿Quién va comer todo eso? Le dije

- Niño Leonardo – me dijo confiada- ellos van a venir, y tienen hambre, mucho hambre…

Cada sábado me descubrí expectante siguiendo los movimientos de Francisca.

Lloviera o no, ella tomaba dos kilos de harina, sacaba el mantel, hacía una corona sobre la mesa de madera, le agregaba los huevos, el agua, amasaba y freía hasta tener llenas las bolsas. En todo ese tiempo no reparaba en nada, ni siquiera en mí que la estaba mirando parado bajo el umbral de la puerta. Solo cuando terminaba con su tarea me dirigía la palabra. Yo trataba de seguirle la corriente a ver que me decía.

-Pronto vas a tener que buscar otro lugar- le decía- las bolsas ya no caben en las alacenas.

-No importa- me contestaba invariablemente- no falta mucho para que vengan y se coman todo.

Podría haber utilizado el argumento de que las bolsas serían un imán para los roedores de la zona, pero el cuidado que ponía al envasarlas y protegerlas en los armarios me dejaba sin excusas.

A esa altura, la insanía mental de Francisca parecía atacarle solo los sábados, cosa que también me impedía hacer consultas profesionales. ¿Cómo le explicaba a alguien lo que pasaba sin que dudara de mi propia salud mental?

Como siempre me evadía escribiendo. Mi nueva novela estaba casi terminada. Me ocupaba de que los pagos de la editorial llegaran en tiempo y forma, lo demás se resolvería solo.

Desde que se dedicaba a almacenar tortas fritas, Francisca había dejado de fastidiarme con eso de que me buscara una mujer y que mi vida no era vida estando tan solo. De forma repentina, su obsesión había cambiado de objeto y yo había pasado a segundo plano.

Nuestro escaso diálogo giraba ahora en torno de lo mismo: las visitas y su demora.

Cuando empezó el verano de la cocina empezó a emanar un olor nauseabundo. Sentí que ese era mi límite, tenía que hablar seriamente con ella.

Estaba cayendo el sol cuando la vi sentada debajo del alero y pensé que era un buen momento para poner punto final a aquella locura.

Me senté a su lado y esperé a que me mirara. Ella estaba absorta en algún punto lejano en el horizonte, tenía una sonrisa demente y no se movía.

-Francisca, esto no puede seguir así- empecé a decirle.

- Niño, no se preocupe, ya se termina. Hoy se termina todo…

La seguridad con que hizo la afirmación me dejó mudo.

Los dos mirábamos al mismo punto, esperando que algo sucediera..

Cuando se cerró la noche sobre la estancia, ella se levantó de pronto como movida por una llamada y señaló hacia la tranquera, al oeste.

Me pareció ver una columna de luces diminutas que se acercaban a la entrada.

Las luces avanzaban como una caravana de antorchas.

Cuando atravesaron la tranquera se abrieron en círculo alrededor del casco de la estancia, unos hacia la izquierda, otros hacia la derecha, hasta que Francisca y yo quedamos en el centro de una rueda de luces que se acercaban.

Recién cuando estuvieron a una distancia de diez metros los vi con claridad.

Estaban todos. Mis abuelos, mis padres, mis tíos, mis hermanos muertos, las mujeres del pueblo. Todos.

Sostenían una antorcha con sus manos huesudas y cuando las acercaban a sus caras vi que dentro de esas bocas enormes y alargadas había un pozo infinito y oscuro que podía tragarse todo.

Francisca corrió hacia la cocina y trajo sus bolsas que abrió con alegría, ofreciéndole el manjar putrefacto a las visitas que tanto había esperado. Yo no podía moverme.

Repugnado vi como se tragaban primero las tortas y cuando la última cayó en sus bocas empezaron a comerse las paredes, más allá otro grupo se devoraba los acopios de leña, los árboles, los caballos, las estrellas, hasta que no quedó nada y la oscuridad total se cerró sobre mí cuando caí dentro de la boca fétida.

Cuando me despierto escucho como entre algodones la voz suave de Francisca que dice:

- ¡Ay, mi niño Leonardo! , no es bueno que el hombre esté solo, yo siempre se lo dije…

Quiero moverme pero no puedo, algo me sujeta los brazos, me duele la cabeza y estoy en una habitación que no conozco. Grito. Dos mujeres con batas blancas me miran con pena.

8 comentarios:

  1. La linea entre demencia y cordura es tan fina...
    Fácilmente la traspasamos para emocionar y emocionarnos.
    Sin desperdicio tu relato.
    Ángeles

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  2. Gracias, Angeles! Este relato tiene algún tiempito ya, pero le cambié algunas cosas. Me alegra que lo hayas disfrutado.
    Besos!

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  3. impresionante. coincido con la delgadez y sutileza de esa línea. uf, terror total. impecable relato.
    salutes!!

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  4. Yo capaz que nunca noté esa línea de la que hablan, porque siempre estuve loca. :-)
    Besotes Cla!

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  5. ¿Usted loca? ¡Nuuuuuuu! ¡Ni ahí! Igualmente, dejemos el chalequito a mano. Por las dudas, ¿vio?

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  6. Neeeeeneeeeea apareciste?
    Ya estaba por salir a buscarte por las comisarías y nosocomios del barrio. Te juro.

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  7. Ña Lils, entonces no es ud.?, digo... no es loca? jajaja, adhiero a los comentarios de Cla9 y geno, besos

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  8. Anhir, viste que el loco es siempre el último en enterarse. O era otra cosa? En fin, que la historia me juzgue! jaja
    Gracias y beso!

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