28 feb. 2011

Sin Valentín



Rancio contenido en la botella olvidada de su mente, rasca la piel soltando polvos perdidos, el erotismo extraviado al tacto de la bestia. Las horas sostenidas en el pequeño hilo de la araña marchita; vuelan las moscas burlándose de su vejez, de las patas que no pueden apresarlas y las arrugas que dibujan mapas y ríos secos.

Ella busca en cada rincón, desempolva juegos que han pasado de moda. Desfilaron ya los tiempos de la atención. Busca resquicios por donde entrar, acaricia la piel del rinoceronte, como un oso que se adormece en el eterno invierno. Hay días que le saca filo a su lanza, ensaya la puntada una y otra vez, sonríe y llora; ríe con locura danzándole a los dioses exigiendo una señal.

El busca la paz, pasar las horas con su amor retirado, ve transitar los otoños frente al ventanal, el viento enamorando de las hojas, envolviéndolas en sus brazos para luego dejarlas caer desde más alto que las ramas. Se mece en el mismo lugar, como las olas que rompen en la costa pero sin sonidos. Espera con paciencia en el hermetismo solitario, aislado en su arrecife mientras cuenta ovejas que caen sobre las rocas.

Ella respira hondo, ya no ve ni escucha, ha comenzado a caer en la trampa del olvido. Ya no ríe ni llora. Es solo un cuerpo que yace a los pies de la mecedora con la vista perdida en su amado, como un cordero degollado que espera la última gota de sangre.

Rancio es el aire que los rodea, las manos enguantadas meten sus cuerpos en las bolsas y tal como ellos, los olvidan con los próximos.

Son un número.

Solo una estadística fría que pasa a estar tres metros bajo tierra.-

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