21 mar. 2011

La Vuelta a Casa

Fabián salió del trabajo algo más tarde de lo habitual. Tomó el subte a Constitución y se enfrentó al mar de gente que pugnaba por sacar un boleto. “El mes que viene saco el abono” se propuso con sinceridad. La cola tenía no menos de quince metros de longitud, y otros tantos minutos de espera. Sumado a la espera por la partida del tren (nunca el primero, aunque apretado viajaría igual), las conclusiones eran inapelables: Llegaría a casa de noche.
Cuarenta minutos después Fabián se bajaba en la estación de Gerli. El agotamiento del viernes pesaba sobre su cuerpo y lo único que quería era llegar a su casa y quitarse los zapatos. Para esa hora era muy probable que Verónica tuviese la cena lista. Con un poquito de suerte iba a tener tiempo de jugar un rato con Kevin antes de mandarlo a la cama. Está tan grande, ya quiere empezar a hablar…
Fabián cruzó el puente y dobló por Lacarra hasta Caxaraville. Había hecho una cuadra cuando se cortó la luz. Fabián dejó escapar una puteada. Todavía faltaban tres cuadras y no quería hacerlas en la oscuridad. De todos modos ya no había alternativa, así que simplemente continuó con su camino. Fue entonces cuando la sombra envuelta en una bolsa de consorcio saltó desde el umbral de una puerta. Fabián tardó unos segundos en comprender que lo que acababa de hundirse en su hígado era la hoja de una cuchilla. El filo miraba hacia arriba, el atacante sujetó el cabo con fuerza y lo levantó de manera de rasgar más la carne para permitir la entrada de aire y la salida de la sangre. Fabián mantuvo la conciencia apenas lo suficiente para darse cuenta de que ya no llegaría a casa, y luego cayó al suelo con todo el peso de su cuerpo. La sombra se arrodilló a su lado y lo miró. La oscuridad reinaba en ese rincón del Gran Buenos Aires. El asesino tomó la cuchilla aún caliente y la apoyó sobre el cuello de Fabián. Con una bolsa más pequeña cubrió la zona para evitar salpicarse y comenzó a cortar la garganta de Fabián. Le costó más de lo que esperaba, en realidad su intención era decapitarlo. Finalmente lo logró, luego de un gran esfuerzo. La carne era algo fácil, pero el cartílago y el hueso se pusieron más difíciles. Luego con la propia ropa del muerto limpió la cuchilla. Hizo un corte en la bolsa de consorcio que lo cubría y se la quitó con cuidado de no mancharse. En una tercera bolsa puso las otras dos y luego de mirar a Fabián por última vez se alejó por Elizalde rumbo a Camino General Belgrano. Allí subió a su auto y se dirigió a cruzar el puente.
Sobre Hipólito Yrigoyen había luz, de modo que manejó tranquilamente hasta Larroque y allí dobló a la derecha. Guardó su auto en la cochera y entró a su casa como cualquier otro día. Luego de quitarse el abrigo puso las bolsas de polietileno en una caja de cartón y la metió al microondas. Entonces tomó la cuchilla y luego de lavarla bien con puloi y detergente la dejó sobre la mesada de la cocina. Se puso a pensar en el titular del diario de mañana, “Crimen Mafioso en Gerli”.
Se rió.
Mientras sacaba de la heladera una prepizza, queso, salsa y tomates se puso a pensar en aquel programa de TV visto hace años, en el que Lito Cruz decía que el único crimen perfecto era aquel en que el asesino no sabía nada de la víctima ni tenía ningún motivo para matarlo. Un crimen al azar.
Luego tomó la cuchilla y empezó a cortar el tomate en rodajas mientras trataba de recordar ese tema de Los Beatles que había inspirado a Charles Manson.

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